Nueve años y nueve días. Nueve días de viaje. Porque cada día es una vida. Una vela. Una estrella. Un árbol. Una guarida. Una cascada. Dónde estabas, me pregunto a veces. Ya no tiene sentido la pregunta. Subí la colina, crucé el parque, desde lejos te vi. Observé hacia la acera de enfrente, lejos hacia delante. Estabas sentado en la hierba, entre la acerca y la calle. Eras tú, lo supe enseguida. Me viste desde lejos. Te pusiste de pie, crucé sin prisa hasta ti, observando hacia ambos lados. No era el momento de morir. Llevaba ya el amor dentro, el que te aniquila de intensidad. Me abrazaste, nos besamos. Nos miramos a los ojos. Era una especie de sueño vital en el tiempo detenido. Nueve años y el primer día. Nos reunimos en el lugar donde llegaban los libros que me enviabas de regalo desde lejos. Ahora me llegaba al fin tu cuerpo. Tu existencia completa. Existir es como ese crepúsculo rojo entre viñedos, algo que te enciende el alma para luego modificarse. Estuvimos en el lugar de las velas que vuelan sobre el agua, sentados en la arena. Los nueve días se mezclan ahora, los nueve años. Todo me asedia. Cada día fue uno de esos años. Dónde estabas, y nueve días de saber que existes en esta tierra, que es tan mía. Soy todos los viñedos, las colinas verdes, el río y las olas. Los árboles que nos cobijaron. Al despertarnos, y nos rodeaban, como una canción de cuna, meciéndose con el viento. Caminamos por la ciudad, buscando nuevos lugares, eso parecía, todo era nuevo, detalles desconocidos, horas en una café, pintando el paraíso. No entiendo bien cómo sucedió. Creo que Adam te trajo. Paul, eres el sueño infinito que tomó forma, le dije. Camille, quédate a mi lado, me dijiste. Un gran sofá en el café. Dos tazas de café en la mesa redonda frente a nosotros. Zumos de fruta, limonada y frambuesa. La terraza del café de la librería y el sol de la tarde. Todo se mezcla. Nueve días. El edén en nueve días, y la incertidumbre y el reconocerse. Cómo te llamas, le dije. Quién eres. Quería saberlo todo. Estoy enamorada de ti, le dije en esos días de fuego. Todo era calma, y tormenta salvaje en las entrañas. No sabemos bien lo que es el amor hasta que lo sentimos dentro como miles de explosiones de estrellas. Como mariposas que se van volando suavemente. El deseo siempre es oscuro. Es totalmente misterioso y apremiante. No conoce la calma para nada. Una apariencia de calma que esconde una catarata que se viene encima. No hay calma posible. Mi deseo es totalmente sombrío. Porque lo quiere todo. No conoce las medias tintas. Soy el vértigo hecho día. El vértigo hecho órganos. Amo de una manera que me aniquila. Que me devasta porque lo invade todo. No puedo detenerme. No puedo simular reposo. Porque hay las explosiones. Nací para poseer tu cuerpo. A veces me pregunto si hay algo más. La literatura. Siempre está. Entonces está tu cuerpo y la literatura. Las historias que hace nacer tu cuerpo en el mío. El deseo y el amor se entrelazan y se acompañan. Escribo tu nombre, escribió Paul Éluard, sobre las sendas despertadas, sobre las carreteras desplegadas, sobre los lugares que desbordan. Eres un lugar que desborda. Eres el amor que desborda. No sé cómo era mi nombre. Lo único que hay en mi cerebro es tu existencia enigmática. Nunca quise tanto descifrar las incógnitas del presente. Me intrigas. Necesito entender tu mirada sobre las cosas. Es la poesía pura. Tuve esa intuición. Sentí el océano dentro y supe que no habría vuelta atrás. Existir me interesa especialmente si es contigo. Admiro tu camino, tu cruzada, tu visión. Todo tu arte. Que está ensamblado tan bien con tu cuerpo. El amor es como una puerta que abrimos hacia el paraíso. Una seguridad de que hay un lugar al que pertenecemos, en el que todos nuestros versos reposan inflamados de orgullo y esperanza. El amor sirve para creer, para tener fe, para saber que la providencia es la fortuna de los seres que esperan con paciencia que un día serán llamados por el sentimiento. La emoción nos va escribiendo. Creemos que la escribimos, pero es ella la que nos escribe. Nos volvemos emoción porque ahí está el camino. Te encontré y entonces supe que los versos se ajustaban al planeta tierra. Supe que había significados que no había alcanzado y ahora todo hacía sentido. Nueve días y la certeza definitiva. No puedo olvidar. Nunca olvido. Voy contigo. Para ti escribo. Porque en ti encajan los versos, como las casualidades. Todo adquiere un sentido justo. Las emociones precisas que van dando un significado a cada paso. A veces la emoción intensa hace temblar. La incertidumbre es total y constante en el camino de la literatura, pero tus ojos contienen la explicación a cada pregunta. Tus ojos azules y amarillos. Quiero que todo sea en tus brazos. Con tus manos. Con tu lengua. Con tu boca. Escribimos porque conocimos el cuerpo. Eso nos unió a la tierra. Eso nos dio un lugar. El mío es contigo, fuera de este mundo, dentro de este mundo, cosidos a la poesía, como si sólo fuéramos versos. Los versos y tu cuerpo. Ahora entiendo porqué escribía. Todo fue para encontrarte. Para entregarte la literatura de mis valijas. Las que traje desde lejos y ahora han crecido porque la pluma delinea y delinea. Nueve días y la certeza tiene la consistencia de las piedras de lava. El río al rojo vivo que desata la creación. El viaje fue crearlo todo para delinear el edén que ahora siento dentro. Escribo tu nombre, escribió Paul Éluard, sobre los campos en el horizonte, sobre las alas de los pájaros, y sobre el molino de las sombras. Revolución nueve, cantaban The Beatles. 9 días del parnaso. Número 9. 9 años y 9 días. Soy completamente tuya, y estoy completamente lista para la revolución. Veo el barco con luces de colores que pasa frente a la ventana deslizándose por el agua oscura en la noche bajo la luna. Mi alma va en él porque alcancé el parnaso.
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