He amado a los hombres de amor genuino. Proponiendo salidas eternas a los laberintos. Como caminando por un convento con grandes ventanas rectangulares perdido en la colina. He amado orando. He esperado cada encuentro en la sala de huéspedes expectante. He amado a los hombres de amor poético. Con devoción he indicado la poesía que han generado en mi alma. He dirigido orquestas de agradecimiento. Qué esperaban de mí. ¿Han alcanzado o no mis sugerencias de poemas? Perdonen el sonido de mi poesía si les ha abierto el alma. Si todo ha sido un espejismo. Llevo las grandes orquestas dentro. Estoy compuesta de arias de amor genuino. De una pasión que se asemeja a grandes conventos. Donde se alojan quienes buscan sugerencias, consuelo, inspiración, altura. He amado como se ama en los grandes conventos, de manera sagrada. He entregado mi cuerpo para que pudiesen escribirse los poemas sobre la piel. Como Puccini, te pido una gracia y una promesa, que nunca sepa como he muerto. He muerto muchas veces. Dentro del gran convento me acurruqué bajo los altos techos para que pudiese refugiarme. Para que el amor fuese un refugio divino. Para que toda superficialidad me fuese indiferente. De cada pasillo recogí un poema, de cada espacio, de cada reverencia, de cada gesto. De cada libro que estaba en la biblioteca y de cada silla roja. He amado con sinceridad. La poesía ha sido clara. Las grandes arias música sobre la colina. He decidido mantenerme al margen por un tiempo. Mi corazón se sentía herido. Qué esperaban de mí. ¿Mi poesía hería? ¿La música de mis entrañas parecía expandirse? La única flor de mi vida. ¿El amor es otra cosa? ¿Es poesía? Nunca volveré. Los senderos me llaman. El amor genuino que entrego. Un gran templo me apuñaló el corazón y quedé inerme ante la belleza. Digo mi oración por si alguien puede oírla. Desde los grandes conventos recito su nombre y lo que me ha causado. Voy por los pasillos repitiendo versos de amor. Cantando a los crepúsculos y a su risa en sordina. El destino ha iluminado los caminos escarpados, esos que llevan a los conventos en la colina. A los templos que han abierto mi alma y no he podido volver a cerrar. Llevo un alma abierta que sangra versos. Un espíritu inerme ante los milagros. Le pido a la poesía que me refugie como una oración, mientras me mantengo en ese convento voluntario que sana mi alma. Arrastro los versos que recibí. Tal vez un día sepa qué hacer con ellos. Por mientras escribo porque es lo que me calma. Mi rezo cotidiano. Mi reconocimiento al arte y su poder transformador como una plegaria diaria. Mi vida es, sin lugar a dudas, una aria de amor. He amado a los hombres de amor genuino y en mi alma se han abierto grandes quiebres como espacios de reflexión y de rutinas. Sigo explorando mientras redacto arias que algún día estarán destinadas a alguien. A alguien que me amará de amor genuino, como el que yo he entregado. La poesía de saberse arte y saber que el arte llega. Que nos constituye y nos ilumina. La poesía que encontré y transformo en conventos que nos cobijan. He amado a los hombres de amor poético y espero haber inspirado alguna canción en el alma apasionada.
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