4 de marzo de 2024

Creatividad III

No me importa comer arena, le dije, pero si te vas, creatividad, no puedo seguir. Déjame en el desierto, estoy dispuesta, pero que sea contigo. Pensé que se iba, era un gran espejismo, su cuerpo borroso en el horizonte, esas dunas asesinas de terciopelo, el sol hirviendo en la frente desnuda. Renuncia a todo, me dijo, una vez que había vuelto. ¿A todo?, le pregunté. ¿Y el queso? No, eso no, me contestó. De acuerdo, le dije. ¿Y los barcos con luces de colores? Sí, eso sí. ¿Todos? Bueno, me dijo, ¿me estás escuchando o no? Mierda, a todos. Bueno, ¿vamos a escribir grandes obras, o no, Andrea? Decide tú, me interpeló. Eres tan estricta, le expresé. Te necesito, pero esto es maltrato. No has entendido nada de mi naturaleza, formuló. Mejor me pierdo en el horizonte. Eres cruel, le dije. ¿Crees que voy a funcionar en base a amenazas?, le pregunté. ¿A incentivos y castigos? ¿Recompensas y sanciones? ¿Crees que soy un ser humano? No, le advertí, soy una máquina que escribe. Nada más. Si crees que vas a intimidarme, te equivocas. Teniendo el queso, es suficiente. No me importan esos barcos con luces de colores. No ahora, al menos. Los últimos que me subí, ni te explico, muy aburridos. Lo más aburrido que hay. Yo no sé de dónde los importan. No revisten mayor interés. Mejor el queso. Yo no sé dónde aprendieron a hablar. Se les enredan las ideas en la cabeza. Creen que son la gran cosa cuando son nada. Tú también eres cruel, me dijo. Menos que tú, le contesté. Por lo menos yo perdono, afirmó. Qué te hace pensar que no perdono, le pregunté. Mi resiliencia es innumerable, la venganza dulce y la novedad éxtasis, le declaré mirándola a los ojos. ¿A qué vinimos?, me preguntó. ¿A estar en una pelea idiota de quién tiene la última palabra y quién es más magnánima? Por favor, Andrea, me exhortó, tenemos cosas más interesantes que hacer. ¿Cuáles?, le pregunté. Ya te olvidaste de las grandes obras, me respondió. Sólo piensas en el queso. Bueno, soy una máquina que escribe, le dije, déjame descansar un poco. Imposible, me contestó. No hay descanso posible. Se perdía nuevamente como un espejismo, imprecisa en el horizonte, una mancha nebulosa. Adquiría y perdía la forma humana. Yo, la máquina de escribir perdida en el desierto observaba su partida. No podía seguirla porque no tenía piernas, sólo teclas. Sólo plumas y hojas de papel, y queso. Creatividad, apelé a su consciencia, eres una necesidad, no pierdas tu forma humana, sigue tocando mi cuerpo, sigue enredando mi cerebro hasta originar las formas nuevas. Puedo compartir mi queso. Con eso iba a convencerla. Volvió. No volví por eso, me advirtió. Volví porque la idea de las obras nuevas me excita. Mi naturaleza no tiene ninguna importancia en realidad. Con que la obra sea grande me basta. ¿Qué es una obra grande?, quise saber. La que está irrigada por la democracia, me contestó. La que contiene el calor de un alma. La que revela alguna verdad sobre el mundo. La que aporta algo, me dijo, Andrea, por dios, qué respuesta esperabas. Hasta cuándo procrastinar con el queso. Ponte a escribir, eres una máquina. Ya empezamos, le dije, siempre tu látigo. Me siento como una persona acarreando un sillón cama sin colchón por la acera en una noche de invierno. De qué me estás hablando, me dijo. Tú me dijiste que pensara cosas así. Si sigues las instrucciones literal no vamos a llegar a ningún lado. Vuela un poco, por dios. Definitivamente esto es maltrato, le aseguré. Esta es una relación tóxica, creatividad. Tiene que morir una parte de ti al enfrentarme, me respondió. Sin dolor no hay ganancia, como se dice en inglés, agregó. De acuerdo, pero esto, le dije, ¿este era el costo? Esto no es nada, me dijo. Las grandes obras te van a salir mucho más caras. Ah, ahora me hablas en términos monetarios, desde cuándo. Ya pagué suficiente, le dije, cuánto más falta. Mucho más, me dijo. Ni siquiera lo del queso está asegurado. Eres realmente desalmada, le dije. El juicio final tendrá la última palabra, le advertí. De qué me estás hablando, me dijo. Qué ideas más extrañas. ¿Crees que voy a funcionar en base a amenazas y recompensas? No soy una máquina, me confesó. Crees que instituyendo premios, estímulos, academias, voy a moverme? Por dios, Andrea, ¿crees que el poder me intimida? ¿Que va a impulsarme? El color del desierto es lo único que importa. Lo que yo voy a entregarte. Ahora, arréglatelas. Inventa algo, aquí estoy, a tus órdenes, pero en mis propios términos. Escribe algo que aporte, por favor, sino para qué. De acuerdo, pero que sea una celebración. 

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