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Con mucha suavidad me sacó la camisa. El beso eterno continuaba. No había manera de pararlo. Ahora estaba acompañado de un abrazo enérgico. Mis senos tocaban su pecho con delicadeza. Mis pezones erectos se encontraban con su piel. Me sentía guardada en sus brazos. Protegida del pasado y del futuro. Protegida de todo orden insensato. Protegida de ingratitudes y rencores. A salvo de la envidia y el sufrimiento. A buen resguardo de la inclemencia y la llovizna constante. De las dudas que atacan como punzadas. De la incertidumbre que devasta y nos acompaña sin tregua. Lejos de los muelles en los que no podemos recalar y nos asolan. A la distancia de toda la sinrazón que nos sigue los pasos. Sus brazos eran calor. Eran pasión pura. Eran deseo de fundirse con alguien. De ser una sola cosa y combatir toda la avaricia. Ser una sola cosa y superar a la vida. Desafiarla. Llegar mucho más allá de lo que conocemos. De lo que la existencia nos ha mostrado. De la vida misma. De su esencia misteriosa pero definitiva. Sus brazos eran milagro. Eran plegaria de agradecimiento. Eran carnaval íntimo que centellea. Sus brazos que me rodeaban impetuosos contenían la fuerza de las criaturas marinas. Esa valentía de recorrer el ancho océano y descubrir sus confines. De poseer el espacio para sanarlo. Para hacerlo vibrar. Para convertirlo en armonía que brilla. Sus brazos estaban llevándome más allá. Donde nunca había llegado. Siempre hay una primera vez. Una primera vez para amar la fragilidad y perdonarse. Sus brazos me liberaban de toda culpa y remordimiento. Sus brazos resaltaban mi dignidad. Sus brazos habían construido un castillo sin grandes murallas. Me convertí en reina de la comarca misteriosa. Él era el soberano y entregarse era oasis. Quería pertenecerle. Para siempre.
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