29 de octubre de 2023

La posibilidad de crear

María Luisa Bombal fue tal vez mi primera casa. Mi vida se sentía exactamente como esa niebla que ella describía. Amaba tanto la vida que quería inmolarme por la causa. Recuerdo que tomé un cuaderno y fui anotando frases. Describían exactamente cómo me sentía. Mi vida estaba contenida en ellas. De dónde había salido ella. Estaba en casa. Disminuía la soledad. Había alguien más. Yo era todavía una niña. En la niebla. Y todo adquiría sentido. La literatura donde podamos sentirnos identificados es de vida o muerte. Alguien tiene que ser como nosotros. Como dice Fatima Oaussak, tenemos que crear nuestras propias herramientas educativas. Donde podamos sentirnos identificados, donde se vanaglorie nuestra lucha. Donde nuestra forma de ser tenga cabida. Nuestra manera de estar en el mundo. La sensibilidad y las dudas de María Luisa Bombal me dieron un lugar en el mundo. Esa niebla que describía tan bien como yo me sentía al hacer frente a todos los asuntos humanos. Desde la amabilidad, desde la fragilidad, la vulnerabilidad. Miraba hacia el lado y todo era compostura y firmeza. Algo no encajaba. Ella era como yo. Una mujer, que quería hablar de lo difícil que era vivir. En ese mundo tieso y estático. Ella lo anotaba como una enfermedad lo de ella. Concluí que yo también estaba entonces enferma. Pero al menos había alguien como yo. Con el tiempo descubrí que no estaba enferma, ni me avergonzaba de mi mal. Estaba orgullosa de mi mal. Quería explorarlo, de hecho. Hacerlo la norma. Salir de la violencia y establecer la sensibilidad como la norma. Desarmar la violencia. María Luisa Bombal y el feminismo me salvaron tal vez la vida. Le dieron una riqueza que daba frutos. Que volvían flor todo terreno yermo. María Luisa Bombal me entregó el terreno de la duda. Me entregó el terreno de estar perdido. Amar y querer morir. No poder con el peso de la vida. Pero entonces había alguien más. A ella también le pasaba. En ese mundo plano se abrió un relieve que era un alivio inmenso. No era locura. Da lo mismo lo que decían. Da lo mismo cuánto había querido ocultarse. Cuán rígido era ese mundo. Ella abrió la grieta. El abismo de la luz. Todo se volvió esperanza. Había más. Quería vivir más todavía. Quería morir de tanto que quería vivir. Quería ser como sus personajes que querían vivir, y morir. De tantas ganas de vivir. Recibí ese libro en mi infancia y ya nada fue como antes. Se podía escribir sobre esas cosas que yo sentía. No había tiempo que perder. La grieta se abría y se abría. Se lo tragaba todo. Todo sería perdonado, olvidado. Porque se podía escribir sobre eso que yo sentía. Quería decirlo todo. Sin dilaciones. Lentamente. A un ritmo humano. Saboreando cada momento. Cada desasosiego. Cada duda. Cada sensación. Cada sentimiento. Cada éxtasis explosivo. Cada detalle adquiría otro cariz. Nací en un país en dictadura, pero se me entregó La última niebla, y supe que nunca podrían apresarnos. Que éramos libres. Que seríamos libres para siempre. Supe que había algo mucho más fuerte. Que nunca podría romperse. Que era tan delicado y frágil y sin embargo mucho más fuerte. Lo que sentíamos. La posibilidad de crear. 

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