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Superar la vida, eso es lo que quiero. Bordearla, bordearla. E interceptarla, de pronto. Llegar más allá. De lo que veo. De lo que siento. Quiero que el encuentro con Loup atraviese la vida. La irrumpa. Impregne la pasión de un contenido esencial. Algo que tenga que estar. Sin lo cual no somos. Sin lo cual no queremos ser. Quiero que Loup sea esencia. Sea como lo que sentimos al admirar un paisaje solemne. Un paisaje que nos deja sin habla. Un paisaje amplio y luminoso. Un paisaje de crepúsculo ciego. De encuentros con epifanías improbables. Un panorama que nos tire al suelo de rodillas. Para ponernos a rezar por tal oportunidad ante los ojos. Que nos haga reverenciarnos ante lo que creíamos que era existir y nos habíamos equivocado. No habíamos comprendido nada. Estábamos totalmente perdidos. A la deriva en un mar de acontecimientos siniestros. De balsas que intentan seguir a flote. Balsas enclenques. Balsas enfermizas que nos hunden aunque creían salvarnos. Esos barcos miserables de dos caras. Que nos arrojan al piso, pero esta vez para aniquilarnos. Esa ingratitud que no encuentra salida. Ese sinsentido que está al acecho. Como una ballena que espera para tragarnos. Conservarnos en su estómago aparentemente amplio. Pero tan estrecho. Tan miserablemente estrecho. Lo más estrecho del mundo: existir sin un sentido. Ir por ahí inconsciente hablando necedades. Rompiendo la magia. Rompiendo todo borde posible con planicie y fealdad. Quiero que ese paisaje que ahora me muestra que no había comprendido pero que puedo comprender, me siga por todos lados. Vaya conmigo. A cada paso.
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