2 de octubre de 2023

La fuerza de la pasión y del arte

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Sentía que deseaba a Loup más de lo que había deseado a alguien en toda mi existencia. Pero todo estaba teñido por la presión baja. Por la pérdida del conocimiento a intervalos. Los pensamientos volvían a repetirse. Eso que ya había pasado por la mente volvía y la pregunta quedaba inconclusa. Los recuerdos terminaron por difuminarse completamente y quedó el presente absoluto. Loup y yo, y el presente. Los tres juntos como una sola cosa. Sin meteoritos ni planetas. Loup, yo, el presente, y el desierto de terciopelo. Nada alrededor. Kilómetros de vacío. Precipicios de flores que aparecen y desaparecen. Hasta que ya no hay nada. Ni desierto de terciopelo. Loup, yo, y el presente flotando en el universo. Suspendidos. Me senté en la bañera saliendo un poco del agua. Loup se acercó lentamente. Sólo veía frente a mí su boca. El resto estaba borroso. Como un espejo con vapor. Sólo su boca tenía nitidez. Su boca entreabierta. Su lengua. Sus dientes. El brillo de sus labios. De pronto su boca estaba justo frente a la mía. Como si entremedio hubiese habido un borrón. Un salto en el tiempo. Su boca había aparecido a unos centímetros de distancia. Una distancia ínfima. Podía ver su lengua. Sentía que sólo necesitaba una cosa en la existencia entera: tener esa lengua dentro de mi boca y sentir su saliva. Esparcir su saliva por mi cuerpo. Nos acercamos todavía un poco más. Nos separaban un par de centímetros. Los jeroglíficos estallaban. Los precipicios se componían. El caos había decidido redimirnos. Entregarnos la existencia completa. En un beso.

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