2 de octubre de 2023

El intento por bordear la cosa en sí, sin nunca llegar

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Llegó la debacle. Así son las debacles. Llegan. El caos a veces termina por rendirse. Es su lado infernal. Su lado vivo. Que arrasa. Es tal vez la mejor parte del caos. Su lado auténtico. Lo que verdaderamente le pertenece. Nada nos pertenece. Pero a veces por momentos algunas cosas nos pertenecen. Por intervalos. Por instantes. Esta noche Loup me pertenecía. Él, yo, y el mundo entero evaporado. Nadie tenía existencia material salvo nosotros dos. El deseo trazó una estela en la realidad que fue abriendo todas las compuertas que aparecían. El caos tiene un lado salvaje. Indomable. Un lado que desconoce lo aprendido. Que quiere no tener forma. Que va multiplicándose. Pero de manera íntima. Multiplicándose dentro de él mismo. Como pájaros que van liberándose. De jaulas de aire que parecían otrora tener materialidad. Yo amo al caos. Sé que Loup también lo ama. Por eso nos encontramos en ese núcleo infinito. Por eso hablamos la primera vez. Por eso la primera vez que nos miramos algo quedó sellado. Eso no se improvisa. Es tan definitivo como el hecho de que respiramos. De que los pulmones se llenan de aire y nos permiten seguir. Nos miramos a los ojos y supimos que el destino estaba esbozado. Sólo faltaba darle sustancia. Liberarse de la forma y llegar al núcleo. La parte más significativa del caos es el amor. La pasión es su fuerza. Lo que lo hace moverse. Llegar. Alcanzar el precipicio delineado. 

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