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Es amable la vida después de todo, me dejó el recuerdo de Adam y me trajo a Loup. Me dejó la fuerza de Adam, y vino a ofrecerme la autenticidad de Loup. Me dejó la pasión de Adam y el deseo de Loup. La nostalgia puede ser también fuerza. Puede ser comienzo. La nostalgia puede olvidarse en los brazos de alguien. O puede unirse al deseo y ser existencia. El carrousel puede ser benevolente y permitirnos trascender. El mapa atrasado puede darnos treguas y dejarnos salir por momentos de él, aunque buscar la salida sea una entelequia que nos asalte cada vez que estamos desprevenidos. Loup estaba ahí y yo estaba en sus brazos en ese momento. Eso era lo importante. Lo que estaba modificando el reguero de cabos sueltos. Tuve a Adam y tal vez nunca tendría a Loup. Pero estaba ahí en ese momento. Estábamos ahí adentro de esa bañera inmensa que nos acogía como una casa. En esa agua hirviendo que nos calentaba las venas. Que hacía la sangre circular por nuestras arterias. Que bombeaba nuestro corazón al unísono por un instante. Que quedaría en nosotros como algo eterno. Algo para visitar y sentirse en casa. El encuentro con la vida. Dos almas perdidas en la bañera que se encontraban para hacerse cariño y renacer. Para seguir perdidas pero sabiendo que la conexión es posible. Que nunca estamos solos. Que aunque la existencia nos arrebata cosas, otras llegan. Que el río corre hasta perderse en la inmensidad azul.
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