No voy a parar, ya no tengo dudas, escribió un día Charly García. Me vine al fin del mundo, a una habitación frente al mar, sin sobresaltos. A encontrarme con la existencia frente a frente. Quién soy, le pregunté, qué hago aquí. Una hilera de pelícanos pasaba frente a la ventana. Un tiuque se lanzaba en picada contra un águila para evitar la mirada hacia sus crías como presas. Sígueme al desierto, cantaba Chris Cornell, sediento como estás, porque allá abajo yace la verdad, bajo el lecho del río. El águila en la punta del delgado y largo tronco que surge del agave, impasible, recordando porqué se posó ahí. Julio Cortázar escribió: oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre. Escribió: Ven a mí con tu cólera seca de fósforos y escamas. Escribió: No me importa ignorarte en pleno día, saber que juegas cara al sol y al hombre, compártelo, yo te pido la cruel ceremonia del tajo, lo que nadie te pide: las espinas hasta el hueso. El sol nuevamente acercándose al océano para perderse en el horizonte. El águila determinada y calma. Empleé la ocasión para preguntarle a la existencia: cuánto tiempo me queda y qué habrá en esos días. La pregunta quedó sin respuesta y el sol desapareció del todo. El águila partió hacia nuevos horizontes. Allá afuera bajo el sol, el sol es mío, cantaba Chris Cornell. ¿Qué es existir?, le pregunté, ¿hacer teorías?, ¿amar? Las coincidencias sólo tienen sentido junto a la literatura. Vivir es observar, dijo, como el águila, lanzarse en picada, y olvidar. En el intertanto: escribir. Viajar, viajar, viajar, dijo. Volar. Nacer, volar, y morir. Seguir la intuición de un cierto destino y navegar en el verdadero nombre. ¿Y esto acaba?
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