Soy como una especie de trampa, una alucinación. Me veo como una especie dócil y cándida, una promesa de aventuras fantásticas sin consecuencias, y luego la realidad ingresa. No hay almuerzo gratis. La literatura es carísima. El encuentro con la literatura, peor. Qué espera alguien de una relación. Ahí está el punto. ¿Diversión? ¿Irresponsabilidad? ¿Olvidarlo todo? ¿Partir de nuevo? ¿Reír? ¿Prometer? ¿Bailar? ¿Cantar? También hay todo eso. Todo eso y más. El tema es cuánto de uno hay que dar por eso. ¿Entregarlo bajo qué modalidad, la de la donación, la de la sumisión, la de la imposición, la de la igualdad? ¿Tiene que haber una finalidad? El encuentro con los de mi clase es la promesa total de la diversión, es la diversión real, y luego la incomprensión. Qué es esto. ¿Una relación o una novela? Nunca hay claridad. Yo me debato entre formas absurdas y no me da el tiempo para zanjar totalmente esta duda. Lo delego a la ambigüedad y ahí tenemos las consecuencias. Las relaciones se acaban, y logro llegar hasta el final de la redacción de una novela. Es bastante. Tal vez soñar con una relación es aspirar a una cierta novela. Con ciertas características. A continuación, improvisar, porque lo que el presente entrega es invaluable. A mi favor tengo que decir que nunca he ocultado mis profesiones y oficios. El aspecto proyecciones y expectativas es cierto que siempre juega en contra para ambas partes. Lo que sucede es que soñar e inventar es lo que da la combustión. El carburante es esa historia que nos contamos cada vez. Una historia insólita, pero da resultado. El ingrato ajuste viene con posterioridad. Cuando la verdadera novela se acaba. La que gestionamos en nuestro interior. Ese deseo de ser otra persona. De saltarnos las reglas, de innovar en temáticas archi vividas. Lo bueno es el candor, la ternura, tragarse la alucinación, para que la diversión sea completa.
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