27 de septiembre de 2026

Piano IV

Interactué ayer con la humanidad de carne y hueso. Fue fascinante. Escribí, claro, pero después salí de mi casa, era una tarde asoleada de sábado otoñal en Lyon, algo hermoso de presenciar. Grégory me invitó a un atelier de dibujo de maquetas en un festival de ilustración en la escuela de Bellas Artes. Al principio estaba un poco perpleja en relación a qué dibujar, pero luego me aventuré con una librería art nouveau, fue lo que se me ocurrió. Una le toma el gusto a este asunto de dibujar, aunque mis habilidades son limitadísimas en ese rubro, casi inexistentes. Pero saqué adelante la fachada de la casa, que luego había que armar como un dibujo plegable que queda convertido en algo real, con dimensiones en el planeta, una casa hecha y derecha, de papel, como las que habitamos usualmente, porque sabemos que todo es provisorio en el existir. Esta era de papel, con ventanas, puertas y vitrinas, azules, moradas y naranjas. Me divertí en grande. Hace un tiempo que no veía a Grégory, que estaba aquí en Lyon porque tenía un pequeño rol en una película que va a salir sobre Johnny Hallyday. Luego de bailar un momento en un concierto electrónico de ese mismo festival fuimos a un bar en el centro. Con él siempre son aventuras insólitas, grandiosas, como las que a mí me hacen soñar. Es un gran aliado de la literatura. Estábamos en una sofá, música R&B, y en las mesas de al lado un grupo de nueve mujeres celebraran el cumpleaños de veinte años de una de ellas, algo digno de ver, con mucha algarabía y fuerza, y al otro lado, un grupo rarísimo, que no logramos comprender bien de qué se trataba, si unos mafiosos o alentadores de la trata de personas, eran tres hombres mayores que hablaban alemán, de lo que se podía comprender por la música, más otros tres jóvenes que hablaban francés, y dos mujeres muy jóvenes, que al parecer también hablaban francés. Pidieron varias botellas completas y brindaban con gran euforia y majestuosidad. Una no sabía si alegrarse o tener miedo. Grégory estaba en un estado aún más abrumado por la existencia que las veces anteriores que lo había visto, lo que es para mí humor negro a raudales, porque nunca sé exactamente si me está hablando en serio o está exagerando hasta lo más lejos posible. Siempre está al borde del precipicio, una vida al límite, en el vértigo, hundido por la dificultad de tener que levantarse cada mañana y hacer algo digno con su existencia. Lidiando con una serie de exigencias atroces que no logra sobrellevar ni medianamente bien, más bien muy mal, y todo me lo cuenta serio, pero yo sé que es imposible que todo sea tan oscuro y siniestro en su cerebro, entonces yo gozo, porque es como que me siento comprendida, y porque sé que en el fondo sí disfruta de la vida, a su manera, llena de actividades, donde no para, afrontándola de manera frenética, y siempre, pero siempre, maravillado como que el espacio completo le abre nuevas posibilidades del milagro permanentemente. Tienes que ver la película “Vampira humanista busca suicida que consienta”, me dijo. Habla del suicidio como quien habla de ir a tomar un café. Grégory, le dije, cuando pienses en eso, mejor llámame, quedan aventuras por delante. De acuerdo, me dice él, tierno, obediente. Yo lo observo, lo encuentro guapísimo, y disfruto de sus desvaríos y derivas con un placer omnipotente. Es como una personificación de la literatura. Es un caso raro, único. Habita una especie de planeta del dolor placentero. Yo sé que en definitiva quiere vivir, quiere habitar este planeta hasta el último centímetro, se nota, en su mirada, en su desesperación, de abarcar el oasis, de encontrar el destello en cada configuración de la realidad, ese hábito escurridizo de comprender al que todos aspiramos. No creo que sea amor lo que sentimos, es algo mucho más profundo, una estadía en el lado literario de la vida. A mí es casi el único lugar que me interesa, con el tiempo me voy dando cuenta. Pero quiero detener al fascismo, eso sí. Eso todas las veces. Es una de mis aspiraciones principales. Un objetivo claro, contundente, necesario. Porque con la música no se juega. Sin la música es la muerte, es más que el suicidio, es la muerte total, de todo lo conocido. Estoy encantada que ayer dejé los libros de lado un momento para disfrutar en ese bar extraño al que no iba hace mucho tiempo, y la conversación con Grégory, que me hace reír, de tanta desolación. A mí lo que me da la vida son esas aventuras imprevistas que surgen. Para esas siempre estoy preparada. Permanentemente lista para la literatura. Para el amor no sé, pero siempre hay un atisbo en las aventuras. Lo que me hace soñar son los lugares de la literatura, donde se manifiesta, donde se muestra, donde se despliega, donde se esboza. La humanidad de carne y hueso es lo más interesante que hay. El cuerpo de Grégory, su boca, su mirada profunda, sus palabras penetrantes. Necesito desarmarme, y las aventuras literarias me hacen partir de nuevo, desencajar esa estructura que he ido forjando, que me ayuda, pero me limita. Quiero ser libre y abrir mi cerebro a otras visiones, a una comprensión nueva. Sé tan poco y disfruto, porque voy vislumbrando otros puntos de vista. El mayor placer es salir de una misma, olvidar cada centímetro de imposiciones que una misma se arma para sobrevivir. Yo quiero vivir, pero que sea en lo más profundo de la literatura. En esas tinieblas del placer. En la desesperación de las palabras correctas, de las tramas agudas, de las aventuras reales. En las conversaciones sinceras es donde encuentro mi inspiración. Nací para este oficio. La honestidad es la música. 

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