Mi incursión intensa en el cine en alemán este último tiempo me ha traído grandes satisfacciones, he ido encontrándome con tesoros. Este fin de semana vi, entre otras, la película de Maria Schrader, Stefan Zweig: Adiós a Europa, sobre los últimos años de la vida del escritor, y la película de István Szabó, Mephisto, basada en la novela de Klaus Mann, sobre un actor de teatro y sus volteretas para adaptarse a los cambios políticos. Ante la grandeza del arte soy un pequeño pato navegando río abajo con la corriente. Estoy inerme ante el tamaño de la belleza. Ante las ideas, las historias y la fotografía. A veces me siento atrapada en un caudal de sentido, y luego ya se borra toda desventura. Yo sé que es el arte lo que me salva. La posibilidad de la libertad. Ante el destino funesto de quienes lo ejercen en ocasiones, queda la fuerza de otrxs que tuvieron la valentía de hablar sobre esto. Esos testimonios secretos que nos levantan cuando todo se parece subrepticiamente a otros periodos de la historia que nos han tenido de rodillas. Hay pocas diferencias, si se observa bien. Todo se trata sobre destruir a grupos, opositores y censurar. A fuerza de ver el delirio de acabar con todxs los que haga falta por conservar la superioridad se va uno quedando perplejo. Porque la repetición de los relatos conlleva en su seno la certeza de la debacle. Este es un presente fuera de foco, ya no tengo dudas. Tal vez hay que mencionarlo, aunque sea evidente. Porque las cosas obvias, por notorias se olvidan. Partamos de esa base, ya no estemos más en la perplejidad. No esperemos a las grandes catástrofes, ya están aquí. Que siempre hay tiempo para arrepentirse. Ejemplos no nos faltan. El hecho de que en la prefectura acá nadie esté consiguiendo sus papeles a tiempo, o simplemente no los estén consiguiendo en absoluto, no tiene que ver con situaciones particulares que podrían presentar problemas, es una prístina voluntad de marginar lentamente, ¿y luego? ¿qué viene? ¿centros? ¿eliminar? En otros lados se optó ya derechamente por esta última opción. A veces el arte no nos salva para nada. Nada nos salva. Porque el delirio tiene contornos de gran pulpo como bestia sangrienta. Aunque no nos alcance nos alcanza. Cómo lo hacemos. ¿Seguimos escribiendo? ¿Montando obras de teatro? A veces el presente es extraño como una malformación. De esas que los autoritarios eliminaban con gas, para depurar el presente de obstáculos. Si el arte no dice nada me parece que es cómplice. Si el vecino no dice nada me parece que es cómplice. En los estudios sobre la histeria realizados por Freud y Josef Breuer (1842-1925), la casi totalidad de las pacientes habían sufrido abusos sexuales, relata Elisabeth Roudinesco, Freud desarrolló una primera teoría, conocida como la “teoría de la seducción”, que relacionaba el abuso sexual con la neurosis. Freud va más allá y afirma que el trauma psicológico es casi más grave que el trauma físico, asevera Roudinesco, el abandono de la teoría de la seducción desató la polémica, y algunos acusaron a Freud de echarse atrás por cobardía: supuestamente no se atrevió a revelar la magnitud real de los abusos sexuales cometidos por adultos contra niñxs. Hay muchas maneras de ser cómplice. Infinitas como la diversidad humana. Lo que no es tan infinito es el núcleo de la complicidad, se parece en todos los casos, y tiene los contornos del silencio, y a veces de los actos. El presente fuera de foco nos está esperando, flotando río abajo, como ese pato en la corriente. Resistir parece tratarse de otra cosa.
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