Es fuerte que en el camino a las grandes obras haya tantas dudas que a veces una ni sabe para qué sirve la literatura. ¿Se mastica? ¿Se traga? ¿Se vomita? ¿Se mantiene en el cuerpo? Lo que sé es que el peor vicio en este trabajo es la ingratitud. Porque las grandes obras están hechas del amor que damos y recibimos, y de otras obras que se fundieron con nuestra piel. Cuando recién vivía en Francia escribí, caminando junto al Rhône en Vienne la ciudad del Jazz: “No tengo tanto, pero al menos tengo conciencia de algo: de que no tengo tanto. Al menos tengo conciencia de algo: no tengo tanto, pero cuando tenga menos, sabré que lo tenía todo”. Tal cual fue. Lo tenía todo. Ahora también, porque tengo la canción de Nina Simone: Ain’t Got No, I Got Life. En ella enumera todo lo que no tiene, pero afirma, tal vez no tengo nada, pero tengo otras cosas, sobre todo su vida y su libertad. Es lo mismo que tengo yo. Tengo mi vida y mi libertad. No me olvido nunca. Tengo el Jazz y el Soul. ¿Qué más? Y como si fuera poco, tengo a Doris Lessing, a Simone de Beauvoir, a Gabriela Mistral, a Hannah Arendt, a Virginia Woolf. Y más encima, más encima, tengo lo siguiente: un cuarto propio y silencio para escribir. Básicamente, lo tengo todo. La literatura tiene una sola razón de ser: la vida y la libertad.
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