9 de abril de 2026

Impulso perpetuo XIX

De qué se trata vivir: ni idea. Lo que sí puedo decir por el momento es que estoy perdidamente enamorada del director de cine alemán Christian Petzold. Qué maravilla de películas. Ya las vi todas. Qué hago ahora. ¿Verlas todas de nuevo? Me pasó años atrás con François Truffaut, fascinación completa. Petzold se describe a sí mismo como un director de cine literario, igual como se describía Truffaut, más que músico o pintor. Eso debe estar en la base de mi amor infinito. Miro entrevistas a Petzold y quisiera tanto conversar con él, de sus películas, de cada detalle, todo, ¿eso es el amor, no? Para qué comprender de qué se trata vivir si unas películas pueden modificarte. Si pueden entregarte claves en relación al lugar que tiene que ocupar el arte en tu vida y a cómo existir no es realmente existir así no más si no de una cierta manera. Que tienda hacia la perfección del arte. Hacia esos colores, esos temas, esa redondez de los relatos, ese vacío, esa ausencia, ese silencio, esas dudas, esa soledad, esa desorientación, esas ganas de amar, y todo eso que nos constituye. Cuando vi la escena de “Ondina” en que el agua del acuario cae sobre los personajes mi corazón se detuvo porque comprendí cosas. No hay control ninguno en el arte, igual que en el amor. Darse contra el mueble y que eso termine llevándote a un pequeño hombre con una escafandra es un secreto bien guardado: vivimos en el fondo del mar hasta que algo nos libera. El arte o el amor. O un golpe involuntario. A veces está eso: vivir para conocer esos secretos. Para qué vivir todo el tiempo, si con vivir a veces ya es muchísimo. Somos ricos y no lo sabemos. Tenemos toda esta belleza disponible. Se empecinan en mostrarnos la violencia para que accedamos a destruir a otrxs. No. Ese juego es antiguo como el hambre. Yo tengo las películas de Christian Petzold y en ellas descubro cosas. Afuera es la primavera, por lo tanto dentro mío también. La ingratitud de otros nunca es suficiente para desviarnos. Vivir se trata posiblemente de reconocer, aunque cueste en ocasiones, la belleza. El amor que alguien depositó en obras que llegan a nuestro corazón. Que nos explican cosas sin palabras concretas. Que sólo observan el existir entonces ya se van sacando cosas en claro, y podemos sentir lo que es vivir, porque el resto es aire. Lo que me motiva es sentir lo que es vivir, más que comprenderlo a cabalidad porque siempre se va modificando. Sus películas me hicieron sentir. Recordar que formo parte de algo más grande. Que otros van conmigo. Que en esa soledad hay un encuentro. Las películas de Petzold me sacaron de bajo el agua, para comprender que sigo sin embargo nadando, y que está bien así. Son literatura y música porque de eso está compuesta la vida. Me recordaron que debo seguir creando, porque ahí es donde se produce el milagro. Un milagro simple, no pretencioso, porque sólo habla de seguir adelante, cualesquiera sean las circunstancias. Habla de que siempre queda algo. Aferrarse a eso es lo correcto, aferrarse al amor, aunque no haya nada más. A las distintas formas de amor. Creo que las películas de Petzold son una forma de optimismo sereno, no eufórico, una forma de optimismo resignado, un optimismo realista, y por lo tanto bello. Me parece que son una oda a la posibilidad de la creatividad, de las historias, a un impulso vital que es lo que permanece. Me parecieron una definición perfecta de existir: la desorientación absoluta, pero la posibilidad del arte y la decisión de quedarse, a pesar de todo. Una especie de apología a la imaginación. Salvarnos. Porque no hay una razón suficientemente poderosa para partir: es mejor aquí. 

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