9 de abril de 2026

Impulso perpetuo XVIII

Pasado mañana, el 11 de abril, es el cumpleaños de mi madre, Andrea Armendariz. Llegó al mundo en el año 1957, del vientre de su madre, Agustina, mi adorada abuela, quien llegó al mundo del vientre de su madre, Antonieta, mi bisabuela, a quien no conocí personalmente, pero sí por historias y fotografías. Mi madre debe su nombre al personaje de Andrea Cavalcanti de El Conde de Montecristo, de Alexandre Dumas. No precisamente porque se parezca a Andrea Cavalcanti, cuyas siniestras características son de todos conocidas, sino todo lo contrario. Lo contrario en dos sentidos, mi madre no comparte ninguna de las características de este malvado secuaz del Conde, y mi abuela escogió el nombre porque le gustaba la literatura, lo menos siniestro que existe. ¿Pero por qué Andrea Cavalcanti? Porque mientras mi madre se gestaba en el vientre de mi abuela, ella iba leyendo con atención las aventuras de Edmond Dantès, y cuando llegó a ese nombre, le pareció digno de una bella niña como la que ella traería al mundo. No se equivocó. Mi madre no sólo es la belleza total, si no que me permitió la vida y todo lo que ha seguido a continuación. Pero no así no más. Me lo permitió de la manera más bonita, enseñándome a vivir con sólidos valores durante toda mi vida hasta ahora. Hablo con mi madre al menos una vez a la semana, y es la guía absoluta. Sigo aprendiendo de ella hasta el día de hoy, la bondad, el amor, la amistad, el respeto por todos los seres vivos, la humildad, la libertad, la equidad, la justicia, la paz, la lealtad, la perseverancia, la responsabilidad. Pero si tuviese que decir dos cosas que aprendí especialmente, son la valentía y la gratitud. No pasar de largo, y luchar por lo que uno cree. Mi madre me lo recuerda todo el tiempo, sin gratitud no somos nada, me dice, porque nada nos pertenece, y nada lo hemos logrado solos, todo es en grupo. Tienes que seguir adelante, hija, porque estás haciendo lo que sientes que tienes que hacer, nunca te desanimes. Yo sólo sigo por esas palabras de aliento que tengo cada semana. Que me recuerdan quien soy. En este presente fuera de foco, las cosas obvias, por evidentes se olvidan. Mi madre me las recuerda cada vez, nunca se pierde, porque ella también recibió esa claridad de su madre: la vida se respeta, y todos los seres humanos son iguales y dignos de tu amor. Somos todxs lo mismo, hija, no pierdas tu tiempo en personas si te hacen daño, pero tú no puedes hacerle daño a nadie, no lo olvides nunca. Esa educación es todo lo que tengo, y es lo que me ha mantenido en pie. Camino tranquila porque lo aprendí bien, y porque mi madre está cada semana orientándome en el camino de la bondad y el amor. Está recordándome cada semana a qué vine y a nunca rendirme. Este año cumplen 50 años de casados con mi padre, Francisco Antonio Balart. Yo sé que mi mamá es feliz, porque comparte la vida con un hombre hermoso y generoso, que la ha hecho sentir siempre como que es la más importante del mundo: lo es para mí también. Gracias por todo, mamá, que sigas siendo feliz, porque esta felicidad es algo que has construido, día a día, te adoramos, muy feliz cumpleaños. 

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