Cuando se acaban las coartadas queda el descampado. La lluvia. Los rayos del sol que penetran más adentro en la piel. Agujeros en el aire denso. En la selva atiborrada de caimanes. Tomé la balsa río abajo. Recibí todas las flechas que me lanzaron. Cuando quería seguir incólume no era posible. Supe que todo sería cuesta abajo. Desde el primer momento lo supe. Pero todo se confabuló para hilar los trajes y entrar al salón. Redacté todos los libros que me fue posible. Anoté en el aire reglas secretas que me prometí cumplir y que luego iba repasando. Parecía una procesión de rodillas rodeada de misterio. Quise quedarme al margen pero la montaña rusa me clavó un último puñal. Caí rendida a los pies de la imagen que causaba destellos. ¡De qué estás compuesta! le grité. ¡De qué se trata este baile en la oscuridad! ¡En qué consiste esta danza de máscaras! Que se me autorice a proseguir, rogué. He venido de tan lejos. Entendía tanto. Luego nada. Estaba ilesa y las heridas parecían una entelequia. La poesía desvela. La poesía revive. Las coartadas tienen una doble cara y a veces desaparecen. El parque al atardecer brilla y revive. ¿Llamé yo a toda la simbología que se me cruzaba? ¿Busqué yo un paraíso encapsulado? Se abren los caminos y quedan las grietas, que van haciéndose grandes. Crear se ve ridículo al lado del fenómeno. Tiene que haber un malentendido. Yo no llamé a nadie. Yo no desplegué ninguna fuerza oculta. Yo quería que el día tuviera la consistencia del oasis. Yo quería que la vida me acompañara a mirarla de frente y darle el crédito de lo sucedido. Yo buscaba respuestas y ahora suspendida en el aire soy las nubes que planean para disolverse. He renunciado a toda certeza. El camino me apuñala. Yo lo tomé. Lo sé. Tal vez pinté las coartadas sin darme cuenta. No he aprendido a vivir en absoluto. No tengo respuesta alguna y el descampado me bifurca. Ordeno mis pedazos para crear cabañas a la intemperie. Las grandes olas del océano se mofan de mi afán de caballero andante. No he querido que los molinos me destrocen pero sí he dejado mi pelo al viento. La veleta marca el norte. Por momentos inconfundibles. La selva es una maldición. No me voy a bajar de la balsa. No lo haré. Que me alcancen las flechas si quieren. No les tengo miedo. O no tanto. Un poco. Tiemblo de miedo ante la avalancha. Suspendamos la función. Cuando me saque las flechas te digo dónde quedó mi alma. Fue a pasear al parque y luego la vuelta a casa era confusa. Se perdió en el camino. Miraba las estrellas, las estrellas, las estrellas.
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