Tu existencia es fiebre. Tu existencia es culpa. Es un volcán. Tu pasadizo es misterio. Tu estadía es tinieblas. Volví. Llegué. A la hora acordada. Miré el reloj. Estaba puntual para la cita. Una cita con las debacles. Llegas tarde, le dije. Los sucesos ya se han desencadenado. No pude detenerlos. Llegas tarde. No puedo esperarte. Tengo que irme. El amor es una fiebre. Por donde pasé estaba tu rostro. Me detuve en cada esquina para descansar. Sin darme cuenta había caminado todo el día. Llegó el momento. Pero luego no sabía a qué había venido. Sé que vine para algo. Sé que tenía que interrogar a tu mirada. Cuando la vi no supe lo que esta quería decir. Sólo vi un cielo azul cubierto de nubes. Una fiebre. Unos signos indescifrables. Jeroglíficos que indicaban múltiples huidas. No quiero esto para mí, me dije. No quiero huir. Quiero que el amor sea una fiebre. Una fiebre de verdad. Pero llegas tarde. Pero cantas en la tonalidad incorrecta. Habría querido tu fiebre. Ahora quiero huir. Escapar de los sucesos. De tus signos indescifrables. Recorrí el camino de vuelta y guardé tu rostro de cada esquina en el bolsillo. Una vez en el risco los lancé al vacío. Así no volverá, me dije. Lo que quiero es huir. Escapar de la hora incorrecta. Olvidar la fiebre. Encontrar el camino a casa. Redactar las montañas rusas que esperan. Las fiebres que acechan. Nunca pensé que perderse en una mirada fuera tan definitivo.
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