Volvieron todos a la casa, Loup, Noah y Élie. Fin de la calma. Auxilio. Llegué al departamento luego de una larga caminata y ahí estaban. Abrí la puerta y los veo sentados a los tres en el sillón azul, turquesa oscuro, dejémoslo en eso, observando por la ventana, como si me estaban esperando para hablarme de algo serio. Me intimidaron, parecían una comisión de algún tipo de examen extraño. De qué se trataba este asunto. Como si la tensión constante de existir y además tener que inventar personajes absurdos todo el tiempo no fuera suficiente. Qué tal, les dije. Bien, respondieron casi al unísono, de forma seca. Era imposible no percibir que la escena comenzaba mal. Qué tal Budapest, qué tal Transilvania. Bien. Punto. Y ahora qué, pensé. Me senté en la silla roja de castillo que está frente al sillón, pero levemente inclinada, donde puede uno mirar por la ventana. Esto es, mira a las personas del sillón, pero también el río. Dependiendo de hacia donde uno mueva la cabeza. La mirada. Las dos opciones son posibles. La mencionada silla tiene en sus pies una especie de pezuñas de animal mitológico femenino. Como si fuesen los pies de una bestia en relación a la cual no tenemos más información que esas pezuñas y el pelaje tallado en la madera, una pequeña parte. No sabemos nada, en definitiva, igual que acerca de Léon. Un misterio total. Pero las dos patitas permiten soñar en animales voladores como gárgolas insondables. Tal vez haya que averiguar más acerca de estos herméticos pies de la silla y sus posibilidades. No vamos a extrapolar esto a la necesidad o no de averiguar más de Léon. No mezclemos todos los temas. Qué cuesta. Lisa, por una vez, concéntrate en lo que está pasando. En esta comitiva ridícula. Siempre burlándote, hasta cuándo. ¿Te tomas algo en serio? Es difícil, me dije. Muy difícil. Qué esperaba de mí esta gente. Siempre esperan cosas de uno. Es imposible zafar. Respuestas, atenciones, caricias, milagros. Siempre esperan. Siempre esperan.
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