Seguimos mirándonos por un momento bastante largo. Lo que era divertido, porque cuando nos llamamos por teléfono es como una avalancha de cosas que queremos decirnos, y ahora éramos capaces de quedarnos en silencio, sin decirnos nada, más que la mirada fija. Quizá por lo mismo, estábamos disfrutando el tenernos frente a frente, la existencia corpórea que vibra. Me sentía feliz. Una felicidad simple. Sin grandes ostentaciones. Una felicidad como margaritas en un prado. Como rodar duna abajo y quedar lleno de arena. Una felicidad casi infantil. Desprovista de ambiciones colosales. Llena de música como la que hacen las hojas con el viento cuando van al compás del alma. Una felicidad pequeña y humilde. La felicidad de los pequeños gestos. De los momentos breves fuera del tiempo. De los instantes sin pasado y sin futuro. Donde tenemos la impresión por un lapso efímero de que existir es fácil. De que todo lo que ha ocurrido da lo mismo, porque ahí, y ahora, algo se abre en el espíritu que muestra un camino hacia otro lado, que antes no se había mostrado. Un camino que queda señalado como en un sueño, una imagen que acarrea una certeza, o la intuición de una certeza, estampada en ese camino de arena, estrecho, entre los árboles. Donde no vemos el final. Sólo un camino dibujado en la esperanza. Una felicidad como los timbales de la orquesta cuando no están tocando. La sabiduría de que van a tocar. De que aunque no toquen, vislumbramos esa posibilidad. La sentimos. De recomenzar. De tener la sensación de pronto de que no da lo mismo. Que hay sentidos para las cosas. De que el significado de una flor es algo real. De que aunque antes la existencia nos haya traído miseria o dolor, también puede traernos felicidad. Una alegría genuina de estrellas que explotan. Una mezcla de serenidad y euforia. Una sensación que esconde en sus entrañas por sí sola una razón para seguir. Para recordar que vale la pena. Que lo difícil no es nada al lado de esta felicidad sencilla. Esta claraboya frágil pero definitiva.
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