Escribir es difícil porque roza los límites de lo imposible, escribió Clarice Lispector. El caos es la incertidumbre que te roza. Que juega con tu deseo. Que te saca la lengua. El caos es la incertidumbre que se hace carne en tu esperanza. Que te carcome hasta que das vuelta la hoja para después volver a rozarla. Una y otra vez. Hasta disolverte en el mar de la indiferencia. Por unos días. Para luego brotar de una fuente primitiva y nuclear de agonía. Desintegrarte en el paisaje que no tiene sentido. Personificar la aflicción del deseo. Un remolino interior que no se calma con sucedáneos. Escribir y amar es como un gran desorden inteligible. El deseo duele. El caos es una opción. ¿Y si el caos es amor? Hay errores en la percepción del caos. No es un desastre confuso. Es la claridad total, pero anclada en la incertidumbre. Incertidumbre es el nombre secreto del caos. Una serie de apuestas en el vacío. En la cuerda floja. El caos es acercarte, y nunca, nunca llegar. Llegar es quemarse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario