Les conté sobre Léon. Tal vez porque no sabía de qué hablar. Pero no sabía mucho de él así es que fue un cuento corto. No di mayores detalles. Tampoco quería inventar. No sé nada más, dije. ¿Quién es este personaje?, preguntaron. No está en nuestros libros. No lo encontramos en nuestros diccionarios. No tiene dirección en nuestros dominios. No calza en nuestras expectativas. No baila nuestro ritmo. No tiene la cadencia necesaria. Cuál es su aspecto. Su prestancia. Su velocidad. Cuáles son sus intenciones para contigo. No sé nada, volví a decirles. Lisa, seguro que tú lo intentaste seducir, dijeron. Lisa, eres como el diablo, una tentación constante. Un cuerpo que se desplaza. Un cuerpo sin cerebro. Pobre Léon. Un pobre inocente. Interceptado por el demonio. Un pobre paseante que ve la instigación encarnada. Una manzana roja en el camino. Una manzana envenenada perdida en el árbol de la despreocupación y la pereza. El casto e ingenuo Léon atrapado entre las fauces de la fiera. El candoroso Léon amarrado por la serpiente. El crédulo y angelical transeúnte envuelto en los colmillos del pecado. La criatura inexperta cautiva en la trampa que se le presenta ante sus ojos honestos e idealistas. Su acercamiento infantil e infeliz hacia el presente y la mordida de la bestia ensangrentada. Por qué le hiciste esto. Lisa, en serio. En qué estabas pensando. En qué insensata idea te sostenías. En qué falaz argumentación. En qué astuta maniobra y maliciosa táctica para conquistar su espíritu íntegro y lejano a habilidades malintencionadas. Basta, les dije. Basta. Qué quieren que sea, les pregunté. ¿Una existencia sin cuerpo? ¿Algo etéreo y virgen? ¿Algo que no existe más que para evaporarse? ¿Una pompa de jabón? ¿Un copo de nieve derritiéndose? ¿Humo? ¿Vapor? ¿Aire? ¿Oxígeno? ¿Helio? Altas cumbres. Viajes por la nada. ¿Inexistencia? ¿Espuma de shampoo? ¿Tabla de planchar? ¿Ola que se aplana después de surgir majestuosa para perderse en la siguiente sin rastro alguno? ¿Felicidad perfecta sin adicciones, divorcios, adulterios y violencia conyugal? ¿Rituales de belleza sin neurosis, sufrimientos y autodestrucciones? ¿Eficacia e irracionalidad? ¿Castidad y privaciones? ¿Delgadez y renuncia constante? ¿Barco que se hunde? ¿Lechugas sin grandes pasteles de crema de colores y helados con chocolate y frutas? ¿Quieren que no tenga apetito de alimentos, ni sexual, ni afectivo ni político? Lisa, basta, dijeron. Nos haces llorar. Y nosotros queríamos empatizar con el pobre Léon. Vamos a salir con él para consolarlo. Además no estamos acá para hablar de esto. Estamos aquí para hablar de otra cosa. ¿De qué?, les pregunté. No podemos seguir viviendo contigo en estas condiciones. O no queremos, más bien. ¿En cuáles?, pregunté intrigada. Lisa, tenemos encima todo el trabajo doméstico. La cocina, el planchado, llevar la basura, el reciclaje, el compost, las compras del supermercado, el lavado de ropa, el encerado del piso, la sacudida de polvo de los estantes, la puesta de la mesa, el orden de las habitaciones, el cambio de sábanas, el regado de las plantas, y todo el trabajo que se nos viene encima día tras día. No vamos a seguir padeciendo esto. No haces nada en la casa. Qué más encima es tuya. Sólo estar en tu escritorio escribiendo. No lo vamos a seguir permitiendo, o cambian las condiciones o nos vamos. Pero si ese fue el contrato que firmamos, les dije. No leímos bien antes de firmar, dijeron. Queremos que nos devuelvan nuestro dinero. Anular este trato. Queremos que nos consideren. Queremos existir y ser visibles. Queremos estar en el espacio público. Queremos ser sujetos con plenos derechos. Votar en las elecciones y elegir a nuestros candidatos. Queremos participar en la redacción de los textos de manera igualitaria. Paridad en esta casa. Lisa, no vamos a seguir aceptando estas circunstancias. Vamos a llamar a Léon y contarle cuáles son tus verdaderas intenciones. Vamos a advertirle en dónde se está metiendo. En cuál entuerto está hundiendo los pies. Como esas pezuñas de la silla roja. Le vamos a avisar de este pantano, y que se prepare. Pobre Léon, en mal momento cayó en tus brazos, el origen del mal y todas sus consecuencias. Probablemente estaba distraído. Hay que llamarlo de inmediato para indicarle. Pasar la voz. Que se entere de esta debacle. Uno se ve traicionado en el momento menos pensado. ¿Y ahora quién se hace cargo de sus ilusiones a punto de perderse? Se nos ha presentado un nuevo problema, dijeron. Lisa, eres una fuente de problemas. Pobre Léon, de verdad. ¿A qué hora es la comida?, pregunté. Tengo hambre. Yo creo que ya quedó claro el punto.
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