Decimos: el día de los enamoradxs. Pero actuamos como que es el día de las parejas. Tal vez todxs estamos enamoradxs. Tal vez estamos en pareja o no. Tal vez estamos en pareja y no estamos enamoradxs. Tal vez estamos enamoradxs y no estamos en pareja. Estar enamoradx puede tomar distintas formas, que a veces quedan aprisionadas en el concepto de pareja. Puede tomar la forma de una claraboya. Una ventana en el techo que nos deja ver las estrellas. Puede tomar la forma de una balsa, que nos lleva por las olas. Puede tomar la forma de un balancín que nos hace subir y bajar por las horas de cada día. Puede tomar la forma de una pelota que va dando tumbos hasta que se detiene. Puede tomar la forma de un pastel azucarado que luego nos hastía. Puede tomar la forma de un cuaderno con flores donde podemos ir anotando preguntas y nunca obtener ninguna respuesta. Puede tomar la forma de un meteorito que luego se estrella contra la atmósfera. Puede tomar la forma de un semáforo intermitente que va dando señales claras pero que varían. Puede tomar la forma de una rama que cae cuando hay mucho viento. Puede tomar la forma de una patineta que nos lleva a algún lugar desconocido. Puede tomar la forma de un tambor, vamos intentando que el sonido sea armonioso pero a veces el ritmo nos falla. A veces falla todo. A veces tenemos la sensación que no. A veces no tiene la forma de nada y puede ser música, hasta que duele, o no. A veces toma la forma de una partitura complicada pero que nos intriga. A veces es sólo forma y se evapora. A veces es como un libro que vamos releyendo y nos hace felices. El problema es tal vez reducirlo a corazones rojos y chocolates. Todo lo que se reduce, excluye. Para empezar, están las dificultades técnicas, escribe Virginia Woolf, (tan simples, aparentemente, en realidad, tan complicadas) de que la misma forma de la oración no calza con una mujer. Es una oración hecha por hombres, sentencia Woolf, es demasiado suelta, demasiado pesada, demasiado pomposa para ser usada por una mujer. Y sin embargo, advierte Woolf, en una novela, que cubre tanto terreno, un tipo común y corriente de oración tiene que ser encontrado para llevar al lector fácil y naturalmente de un lado del libro al otro. Y esto una mujer debe hacerlo por sí misma, anuncia Woolf, alterando y adaptando la oración actual hasta escribir una que tome la forma natural de su pensamiento sin aplastarlo o distorsionarlo. Lo que puede escribirse es esa oración de las formas nuevas.
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Por lo que queda III
La primera vez que Troy se subió a un barco había una bruma que no dejaba ver más allá de un par de metros. Tuvo miedo de perderse. Una paradoja, claramente, porque perderse era lo que él quería, o lo que él creía que quería. Se internó en la bruma para ver si era eso realmente lo que quería. No logró sacar nada en claro. Pero aprendió de inmediato que la bruma no es más que agua suspendida como lo estaba su alma y que no saldría de ahí invicto. Se dijo a sí mismo, se repitió, esto es lo que querías, ahora sigue adelante. Siguió. No veía nada, por supuesto. Hacía dónde habrá que ir, se preguntó. Su espíritu era un prado de dudas que florecían. Llegaré a tierra firme, se dijo. Siguió. Pero cómo saber si adonde iba a llegar sería tierra firme. Sólo quedaba verificarlo. Cuán firme sería esa tierra. Sería una tierra, o qué. ¿Habría especias? ¿Cofres? ¿Metales? Con poder llevar a cabo la alquimia le bastaba. Pero todavía no sabía bien lo que era. Lo que sí estaba firme era la bruma. La condensación parecía aumentar y no había tregua alguna. Agua por todos lados. Pájaros ni hablar. Resolvió pescar. Ni peces había. Adónde se han ido. Adónde se han ido todxs. La bruma implacable. Tal vez pueda encontrar una compañera, se dijo. Desde mi costilla. De dónde saqué ese disparate, se dijo. Uno tiene almacenada en la cabeza una cantidad de información extrañísima, se comentó a sí mismo. Pero no había tiempo para tanta exploración interior porque el hambre comenzaba a arreciar. Si tan sólo hubiese traído mi emparedado, se lamentó. Pero la tierra firme tal vez cuándo, y peces nada. Se sintió de pronto abatido. Perderse no tenía la magia que él había imaginado. Las dudas se volvieron encarnizadas. Lo atacaban con crueldad. Se puso a llover. Resolvió llorar. Ya habría tiempo para pescar. Y luego, nada. Así pasa a veces. Agua. Agua. En el aire, en sus ojos, en su ropa, todo alrededor. Agua. La primera vez en el barco fue una linda experiencia. Sintió que había aprendido una enormidad de cosas. Creyó ya saberlo todo. Se puso a imaginar cómo iba a aplicar todo lo aprendido la segunda oportunidad de subirse a su barco. El hambre arreciaba todavía, y su ambición no hizo más que crecer, Troy no iba a rendirse fácil. ¿Tal vez un mapa? Concluyó que le quedaban cosas por aprender. Pero él quería vivir el presente y perderse. Quería perderse de verdad. La expedición debía continuar.