Sé que me extrañaron pero tenía que recorrer Chile, y la pluma iba delineando líneas en mi cerebro y no en el papel. En ocasiones hay que subirse al barco y zarpar. Soltar las amarras y elevar las anclas. Esta fue una de esas ocasiones. Porque escribir también es ir recolectando cosas para abrirlas y descubrir algo. Lo que sea. Algo. Sin tu cuerpo no podría. Erosionarme no quiero. La extensa geografía. Le tomé el gusto al viaje, y es difícil volver atrás. El viaje por tus pestañas agrupadas según la voluntad del agua que queda en ellas luego de salir del lago. El reflejo del sol en tus ojos de río cristalino. Soñar es posible. No cuesta nada. Escribir cuesta un poco. Viajar cuesta. Porque el alma queda a la deriva. Qué es lo que vendrá, decimos. Qué hay aquí. Cuál es el mensaje cifrado en este paisaje de paraíso. Observar, observar, caminar, navegar. Cuántos días, cuántas noches, cuántas olas, cuántos vaivenes. Viajar es como vivir, nos hace conscientes de nuestra vulnerabilidad, de nuestra belleza, de lo que sobra y de lo que rellena el anhelo. La gran alegría es disfrutar el viaje. Dejar que se filtre a la sangre para volverse una nómade incurable con una pluma como tesoro. ¿Pero y vivir? ¿Es navegando? ¿Es en la orilla? ¿Es en tus ojos? ¿Es bajando los rápidos del río en la balsa? ¿Escalando las rocas donde van colisionando las olas con violencia? Luego queda encontrar el camino de vuelta a casa, porque un viaje nos transforma. Si no nos transforma, ¿para qué llevarlo a cabo? Navegar es ir lanzando al agua esos fragmentos inconclusos que nos persiguen los talones. Vivir es ir rematando la codicia de querer entenderlo todo. Tuve esa gran ambición y la dejé de lado. Me limito a viajar con un asombro infantil de habitar un planeta de tesoros por descubrir. Escribir es la intuición de los diamantes en la ruta. Un día descubrí tu sonrisa. Mi alma en jaque prometió que un día sería el viaje. Pero sabemos tan poco. Hay viajes y viajes. Yo no sé casi nada de esas islas pero sé que encierran cofres. Me basta con el deseo. Me basta con tu cuerpo. Me basta con las islas y los cofres. El agua es mi alimento diario. Es mi gran carrousel de la esperanza agazapada. Me gusta confiar porque hay esas islas. Me guían cuando hay la lluvia. Debo tal vez entregarme al viaje como exploradora experimentada. Desconozco casi todo de aquellos barcos que me alcanzan. Pero sigo. La intemperie feminista es una vocación.
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