23 de enero de 2025

Por lo que queda V

Troy se dijo, yo voy a ser feliz. Pero tampoco sabía lo que esto significaba. Existir venía siendo un retorcido misterio. Maldijo el día en que lo habían traído a este cruel pasatiempo. Por alguna razón que no entendía, no obstante, seguía teniendo entusiasmo. Se sentía bien en el barco, a pesar de las decepciones diarias. Constató que estaba hecho para la soledad, porque sentía una gran serenidad. No le duró mucho eso sí. También anhelaba compañerxs de aventuras. Los voy a buscar, se propuso. Observó el azul todo alrededor como una muralla invisible. No había nadie. La radio le anunciaba la llegada de un presidente loco en el gran país del norte. Quizá todxs se escaparon, pensó. Dónde van a ir, se interrogó. Él quería reflexionar sobre existir pero las contrariedades diarias se lo impedían. La desaparición de las personas. Los presidentes dementes. Qué estupidez, pensó, por qué estoy separando todo si existir es ser la obra. A veces se sentía mortalmente confundido. El gran cielo azul había dado paso a una ancha nube gris que anunciaba una lluvia torrencial como pocas. Si estoy perdido tal vez nada me alcance. Si soy feliz. Hizo caso omiso a que todavía no tenía el significado para ninguna de estas cosas. Tal vez nunca podría dejar de lado su personaje. Pero Troy el marino no se rinde, afirmó. Sentía vergüenza a veces de esa tozudez ingenua que cargaba. Ni siquiera sabía bien en qué consistía rendirse. Comenzó la lluvia y nuevamente estaba llorando. Existir a veces no tenía ninguna gracia. Pero mirando el mar todo se hacía más liviano. Mi optimismo secreto es la aventura, se dijo. Mi cruzada incansable por la poesía. Tomó con alborozo su bitácora, había momentos así, en la cima, donde le volvía la esperanza a pesar de los reveses de su fortuna, pese a las dudas y los antagonismos vanos. Redactaré el nacimiento de las dudas y tal vez así pueda exorcizarlas. Tal vez mi condición de hombre me ha jugado en contra. Nunca se había puesto a pensar en esto. Pero ante todo él era un marino, no quería problemas extra. Pero esa pregunta se instaló en un lugar de su cerebro donde no pudo sacarla. Era un lugar donde almacenaba todo lo embrujado. Todas las pócimas para realizar la alquimia. Qué era ser hombre, se interrogó, sin perjuicio de su negativa a entrar en este ambiente lleno de laberintos y juncos. Lleno de almizcle y líquenes. De hortensias y perros salvajes. Casas de madera y arrecifes de coral. Buses atiborrados y pequeños almacenes sin café de grano. Ropa cosida en India y gaviotas que gritan. También estaba eso, sus orígenes eran difusos como las medusas que observaba al bucear. No quería más guerra. Y su cerebro una sopa picante. Ser marino es un trastorno, se dijo. Una pérdida de tiempo. Un arte inútil como mi intento de alcanzar a los patos que nadan como un perro jugando a atrapar el futuro. A veces sus frases eran feroces como león, despiadadas como magnate delirante con poder. Cómo concentrarse en su bitácora y no ser víctima del destino. No era una víctima. Era un marino. Anotó con decisión: Troy el marino. Troy el caballo. Troy el prestidigitador. Troy el poeta. 

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