La violencia es un lenguaje que no conozco y nunca conocí. Al menos de niña. Me comentaba ayer una amiga del encuentro con un grupo de hooligans que tuvo hace algún tiempo aquí en Lyon. Un grupo de personas armadas con palos luego de un partido de fútbol. Me mostró después un video de un grupo de extrema derecha que rompieron a piedrazos una librería y biblioteca anarquista de Lyon que daba clases de francés gratis a los extranjeros. Un grupo totalmente siniestro de jóvenes vestidos de negro con capuchas que avanzaban por una calle del centro todos al mismo paso, decididos a aliviar ese sentimiento de inferioridad vital que obstruye el cerebro, haciendo cualquier barbaridad. Se queda uno helado. Un grupo de esos le pegó también al amigo de una amiga que salía de un bar gay en el casco antiguo de la ciudad. Y así, suma y sigue. Como escribió Roberto Bolaño, tal como le había explicado Norton que le ocurría a ella cuando veía a su ex marido, un tipo de metro noventa y destino incierto, un suicida en potencia o un homicida en potencia, posiblemente un delincuente menor o un hooligan cuyo horizonte cultural se cifraba en canciones populares que cantaba junto con sus amigotes de infancia en algún pub, un gilipollas que creía en la televisión y cuyo espíritu enano y atrofiado era semejante al de cualquier fundamentalista religioso, en cualquier caso y hablando claro, el peor marido que se podía echar encima una mujer. Como también escribió Bolaño, el Ojo siempre intentó escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década de los cincuenta, los que rondábamos los veinte años cuando murió Salvador Allende. ¿Puede uno mantenerse fuera de la violencia? La violencia es un lenguaje que no entiendo. Las palabras y las acciones son sagradas y nos llevan por el río hasta el mar. Queremos paz, respeto, y un lenguaje mejor para nuestros pueblos. Un lenguaje que habite en el silencio de la consciencia. En ese lugar mudo donde nos encontramos. Ese lugar existencial donde nacimos, siempre llenos de esperanza. Un lenguaje tiene que ser como una primavera que permita la aparición de las flores. Como las que tímidamente comienzan a surgir en Lyon. Un lenguaje tiene que ser como un reflejo en el agua, flexible y en movimiento, que dé espacio a la aparición de la duda, el amor y la alegría. Un espacio para habitar el planeta y no destruirlo. Un lenguaje debe ser el advenimiento del humor y los atardeceres de colores. El deseo de continuar para lo que queda.
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