23 de febrero de 2023

Soledad III

Luego de hacer la práctica para ser abogada en la oficina de derechos humanos del Estado, entré a trabajar en uno de los programas de derechos humanos de la Universidad Diego Portales, específicamente sobre derechos de las personas con discapacidad. Mi jefa era una mujer impresionante y brillante, abogada y cientista política ciega, quien es hoy la enviada especial del secretario general de Naciones Unidas sobre discapacidad y accesibilidad, y a quien terminé sintiendo como amiga con el tiempo, lazo que dura hasta hoy. Con ella fui a la sede de Naciones Unidas en Nueva York, a la primera conferencia de estados parte de la convención sobre los derechos de las personas con discapacidad, donde María Soledad fue elegida como miembro del comité creado por la convención. Una experiencia inolvidable, cuando mi imagen de Naciones Unidas estaba todavía intacta, porque además de participar, era los ojos de María Soledad, algo que no había hecho nunca, y creo que puedo decir que me cambió la vida. Podría escribir mucho sobre esto, pero volvamos a la universidad y a la soledad. Los primeros seis meses en esa universidad almorcé sola, y trabajaba además sola. María Soledad iba sólo algunos días a la semana, y nadie nunca me invitó a almorzar. Muchas personas me conocían, sin embargo, había estudiado ahí. Fue una experiencia extraña, me gustaba el trabajo, pero me sentía sola. En marzo, a la vuelta de las vacaciones, apareció Alberto, que comenzó a trabajar en el ordenar al lado del mío, y luego Andrea, que comenzó a trabajar dos escritorios más allá, y luego Raimundo, que iba una vez a la semana, y estaba en el escritorio de atrás. Todos en la improvisada oficina de profesores ayudantes de investigación. Fue una revolución total. Mi existencia dio un giro en 180 grados. De la total soledad, pasé a formar parte de un grupo de resistencia y de amistad que me marcó de una manera casi indescriptible. Una experiencia que sigue marcándome cuando repaso ese año en esa pequeña oficina que era como un templo. Los derechos humanos adquirieron toda la dimensión que tienen, yo trabajaba en derechos de las personas con discapacidad, Andrea en derecho penal, Alberto en derecho constitucional y Raimundo en derecho ambiental. Aprendí muchísimo, pero sobre todo aprendí lo que era el compañerismo en el trabajo, algo que en esa universidad no había visto hasta el momento en casi ningún lado. Más tarde tuve experiencias fantásticas que valoré mucho, con Leonor, Lidia, Alejandra, Jaime, Jorge, Miguel, Javier, entre otros profesores. Hoy quiero agradecer a Andrea, Alberto y Raimundo, porque, sin saberlo, también me salvaron la vida, en ese momento, y con quienes conservo una amistad que valoro muchísimo. Compartíamos no sólo la lucha, sino que la cotidianeidad, conversar durante el trabajo, almorzar juntos, ir a tomar cerveza y quedarnos conversando por horas de horas. Un tiempo sagrado, del que todavía estoy agradecida. Convirtieron mi experiencia de lucha en oración. Qué seres sublimes. La unión es el motor de los derechos humanos. La noción de que compartimos las luchas con otros, y de que somos relevantes para alguien. Mi universo se expandió, conocí la sustancia del encuentro y lo que encierran los espíritus lúcidos llenos de belleza. Conocí algo que no olvidé: la coherencia. Ya la había identificado en Nelson, mi jefe de la práctica, y luego en María Soledad, y luego profundicé con mis tres amigos. Tres abogados destacados y éticos a quienes siempre he admirado sin límites. Además de la amistad, conocer el tras bambalinas de la coherencia es una experiencia que tengo escrita a fuego. Ser abogado de derechos humanos no tiene sólo que ver con títulos, sino que sobre todo, con la coherencia de que las palabras no sean aire. Además de amigos, en ese marzo luminoso y hacia adelante conocí a tres personas excelentes, que además me hacían reír mucho. Los derechos humanos son algo muy concreto: la coherencia de crear bondad. La oportunidad de modificar positivamente la sustancia del mundo y no sólo su forma. Gracias Andrea, Alberto y Raimundo por mostrarme un camino. La soledad a veces logra que nos perdamos. Los quiero y los admiro, por siempre.

Para Andrea Collell, Alberto Coddou y Raimundo Pérez.

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