Annie Ernaux escribió a los veintidós años: escribiré para vengar a mi raza. Lo menciona en su discurso al recibir el premio nobel de literatura. Pensaba orgullosa e ingenuamente, escribe Ernaux, que una victoria individual borraba siglos de dominación y de pobreza. El azar privado e histórico, escribe Annie, confirieron a mi deseo de escribir un carácter de urgencia secreta y absoluta. Me pareció evidente, escribe Ernaux, anclar el relato de mi desgarro social en la situación que viví cuando era estudiante, esa situación indigna a la que el Estado francés condenaba siempre a las mujeres: el recurso al aborto clandestino entre las manos de una “hacedora de ángeles”, de una abortera. Vengar a mi raza y vengar a mi sexo, escribe Annie, serían una sola y misma cosa a partir de entonces. El reconocimiento de mi obra por la Academia Sueca, escribe Ernaux, es una señal de esperanza para todas las escritoras. Yo pertenezco a la raza de los escritores. No tengo otra patria que la literatura. Pero tengo un sexo y sin haberlo pedido, pertenezco a una categoría particular dentro de esta raza. La raza de las escritoras. Pero no quiero vengar ni a mi raza ni a mi sexo. Me basta con escribir. La literatura, finalmente, es una patria que tiene sus propias reglas. Esas son las que me interesan. Las decisiones de mi biografía han estado sujetas a un solo motor: las palabras. Pero la organización de las palabras tiene un cierto motor: la justicia. Mi patria es la organización de las palabras anclada en la justicia. Para mí, literatura y justicia son indisociables. He hecho de mi existencia un viaje en búsqueda de la literatura y la justicia. La patria es algo que hay que buscar, como un destino. El destino está trazado de azar y deseo. Debido a que las palabras gobiernan, intento a cada paso hacer lo que conviene al bienestar de ellas. A través del tiempo recorrí treinta países y cientos de ciudades buscándolas, interrogándolas. Hice del viaje mi destino. Porque la justicia se busca. Siempre estuve en lugares que no eran mi destino final. Lo sentía en la piel y las palabras me guiaban. Para la patria literaria es importante definir un lugar físico. Aparecen con mucha más libertad cuando hay el silencio. Logran expresar lo que querían decir. La justicia la sigo buscando, pero aquí en Lyon, rodeada de mi biblioteca y frente al río: siento que llegué a mi destino final. Por primera vez no quiero estar en otro lado. Las palabras lo saben. Se han instalado todas a conversar conmigo alrededor de la mesa. Mi cerebro ahora sólo genera literatura. Caminar a comprar café es un poema. Pienso en metáforas. Ya no se esfuman, cada paso está compuesto de figuras. Pensé que no había algo tal como un destino final. Ahora sólo queda hacer que las palabras y la justicia se encuentren. Sigue el viaje. La literatura es la música que las palabras componen en el movimiento del espíritu. Si tuviese que vengar a algo sería la propia literatura. Es ella que nos permite el viaje.
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