Hubo un momento en esta ciudad años atrás que sentí una intensa soledad. De hecho, caí en cuenta que estaba literalmente sola. El camino migratorio tiene de todo menos de fácil. Recuerdo que me inscribí en un curso de francés escrito, más para hablar con alguien distinto a mí misma que avanzar con la lengua. Llevaba unos años ya viviendo en Francia, pero en otros lugares, manejaba bien el idioma. No había tomado nunca cursos de francés acá, había aprendido por mi cuenta. Identificaba sin embargo la necesidad de escribirlo mejor si quería integrarme (al mundo profesional literario era bastante optimista, rayando en la utopía, pero ahí está una con sus sueños). Pero volvamos a la soledad. Conocí en ese curso a Michelle, una mujer fantástica, artista originaria de Ciudad de México. No creo haberle dicho que su existencia era tan relevante para mí como el aire. La habría asustado quizá. A Magdalena, otra mujer fantástica, veterinaria y artista originaria de Santiago y Viña del Mar, Chile, la conocía hace unos años, pero vivía ahora fuera de Lyon. Por esto, compartíamos esporádicamente conversaciones eternas junto al río tomando cerveza, lo que también tenía la sustancia del aire que se respira para vivir. A Jenifer, física brillante originaria de Burgos, España, también la había conocido años antes. A ella le dije, Jenifer, invítame a panoramas porque estoy sola. Amablemente escuchó mi llamada de auxilio y disfruté sin límites sus invitaciones como un tanque de oxígeno en un planeta sin condiciones para la sobrevivencia. Recuerdo que además del curso, descargué también una aplicación para conocer gente, con los mismos objetivos. Tomando una cerveza con una persona que acababa de conocer, ante sus preguntas por mi instalación, le conté mis aventuras. Le dije, sí, todo bien: tengo tres amigas, una de México, otra de Chile y otra de España. Nunca más me llamó, quizá lo de tres amigas sonaba raro. Para mí era muy importante. A veces pequeños gestos son muy importantes. A veces modificamos la existencia de las personas sin darnos cuenta. Han pasado años y este lugar es mi casa, ya no tengo que bajar aplicaciones ni ir a cursos para compartir palabras. Sin embargo, en este día, quiero agradecerle a Michelle, Magdalena y Jenifer porque, sin saberlo, me salvaron la vida en ese momento. La soledad del inmigrante es durísima. Pero genera encuentros que son como tesoros. Afortunadamente, además, no dura para siempre. Gracias a todas y cada una de las personas que me han entregado gestos y momentos esenciales. Gracias a quienes están ahí, semana tras semana. Luego de diez años, la soledad se ha difuminado, ya no soy una inmigrante, y tengo nuevas familias. La experiencia es el desarrollo más profundo de la empatía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario