22 de febrero de 2023

Soledad II

La soledad no es algo propio del migrante. Se puede perfectamente estar acompañado y estar solo. Cuando trabajaba en Santiago de Chile en Naciones Unidas, por mucho tiempo me sentí muy sola. Estaba aislada y mi jefe directo era un abusador. Un día llegó a la oficina que estaba frente a la mía, Soledad, y a una que estaba un poco más allá, Sebastián. En las mañanas partíamos a comprar café y conversábamos. Todos los días. Luego a veces en las tardes íbamos a tomarnos una cerveza y seguíamos conversando. Teníamos tantas cosas que decirnos. Los tres para todos lados. Nos hicimos inseparables. Ellos también, sin saberlo, o quizá sabiéndolo, me salvaron la vida. Era una amistad incondicional. Conversábamos todo. Nos apoyábamos en todo. Nos reíamos sin parar. Convertimos en humor toda la hostilidad. La amistad tiene esa capacidad creativa increíble, transformar las cosas en amor, hasta lo más difícil. Quizá lo más importante que aprendí en esa oficina fue el valor de la amistad. Se dice a veces que hay que saber separar el trabajo de la vida personal. Es una afirmación que tiene aspectos ciertos, como saber identificar los espacios y sus diferencias. Pero la amistad está en todos lados, y debe estar. Los ambientes hostiles de trabajo deben terminarse. Pasamos tantas horas en los lugares de trabajo. Quiero agradecer hoy con mucha fuerza a Soledad y Sebastián, porque el trabajo pasó a ser, en aquellos años, de un infierno a un paraíso. Fui muy feliz compartiendo con ellos la existencia completa. Sentí, incluso, que mi trabajo era reconocido. Me mostraron también mi propio valor, que me había sido robado. Me devolvieron la confianza en mí misma. El abuso en el trabajo tiene que terminar. Soledad y Sebastián me hicieron recordar por qué había llegado yo a esa institución. Las razones de mi búsqueda y esfuerzo. Me trajeron de vuelta a los derechos humanos, algo que se había distorsionado con el tiempo. Caí en cuenta que estaba intacto. Mi alma, en el fondo, no tenía cicatriz alguna, y el espíritu de los derechos humanos era algo real, como yo lo recordaba, tal cual, la posibilidad de un mundo mucho mejor. La soledad es sinónimo de abuso, y la amistad es totalmente lo contrario. La comunión absoluta que entrega belleza a cada ambiente y a cada momento. Teniéndonos, estoy segura que pudimos aportar mucho más, la convicción era absoluta. Esa belleza sigue en mí, me ayuda para seguir trabajando por los derechos humanos. Sin Naciones Unidas, pero siempre, siempre, con amistad, con solidaridad. Llegamos más lejos en el camino que seguimos cuando estamos acompañados. Gracias Soledad y Sebastián por esos años inolvidables y por todo lo aprendido. Todo ha sido reparado, ahora sólo queda recordarle quizá a otras personas por qué empezaron, recordar que nunca hay que dejar de luchar. La noción de amistad es el motor de la solidaridad. Los derechos humanos, en la sustancia más íntima, están siempre intactos, y son para todos. Trabajar por los derechos humanos, cuando es real, es ayudar a disminuir la soledad. 

Para Soledad Cortés y Sebastián Carrasco.

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