Está la perplejidad cotidiana y la perplejidad inesperada que tiene otros contornos, que se enrosca acurrucándose a un costado, acercándose para que la observemos, pero sólo hay silencio, respiración en sordina, por qué perderse en el fondo del mar. Qué había ahí. Y ahora dónde. No era suficiente. El océano tan amplio. Cuál es el problema de tener cuarenta. Tu intensidad necesitaba un respiro. No podré recuperarme de tu partida. Te quiero, Aldo, tu originalidad no tiene semejanzas con lo que el universo dispone como posible, el asombro que causas es mágico. Gracias por tanta felicidad. Por dialogar conmigo una y otra vez, en todas sus formas, instalados en la montaña rusa en llamas, hasta dónde se podía llegar en esta existencia. Lejos. Ahí partiste. Y las conversaciones por llevar a cabo, dónde quedan. En qué dimensión se materializan. No me interesa. No puedo inventarlas sola. Gracias por la mirada amorosa que entregas a las cosas. Por la fuerza que siempre me inspiraste. Voy a tener que preguntar nuevamente si realmente te tragó el mar porque no me la creo. Quizá sólo sea una pesadilla. Una parte de mí se perderá también en el fondo del océano si es cierto. Te quiero, Aldo. Tu sentido del humor me cambió la vida. Dime que no se va a acabar.
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