Tenemos cuarenta. Llegaste a mi vida a los veinte. Desembarcaste con camas y petacas, el circo entero, fueron bajando uno a uno los funambulistas y las fieras. Mi asombro fue sideral. Pude conocer la intimidad del carromato. El fuego que corroía tu vida y acababa con todo. Todavía no me recupero y ahora decides hundirte en el mar. Quería seguir descubriendo los rincones de tu alma. Por qué te precipitaste. Aldo, por qué ya no me escribes. Por qué no contestas. ¿Todo terminó? ¿Dónde estás? Me hacías reír tanto. Contéstame si el mundo se te hacía pequeño. Cuéntame qué encontraste en el fondo del océano. Qué hay ahí que no había aquí. Qué corriente submarina te atrajo. Cuáles eran las bondades del reino sumergido. El mar se quedó contigo y tu fuerza, y todavía había tiempo para explorar, para analizar la capa subterránea de la existencia. Nadie tenía unas respuestas como las tuyas. Eras inspiración en cada confluencia. Pero quién retiene a los espíritus consumidos por la pasión. El mundo trató de seguir desplegándose pero todo se hacía pequeño y quedaba devastado. Todo nuevo intento será un sucedáneo. Aldo, nos quedamos aquí, pero ya nada será como antes. Gracias por haber desembarcado en mi vida. Y maldigo al mar por haberse quedado con tu cuerpo y tu mente maravillosa. No habrá días en que tu recuerdo no me perfore. Te quiero. No te vayas. Quédate. Qué aburrido existir sabiendo que ya no estás aquí. Quédate.
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