31 de octubre de 2024

Alchimie

Cuando unx está enamoradx lo que quiere es escribir discursos de amor, que produzcan la alquimia. Que vayan transformando todo en oro, o en piedras preciosas, o en minerales impresionantes. Es un deseo. Crear una atmósfera, como una canción de Bon Iver. Como una canción de Depeche Mode. Como una canción de Bob Dylan. Crear frases que sean amplias como los paisajes de Islandia, como los videos de Björk. Donde el corazón puede estar a sus anchas y encontrar su lugar. Escribir es también agradecer. La predilección para unx escritorx es escribir cartas de amor. Transformar es el deseo último. Transformar es un texto de goce, como diría Barthes. Placer del texto, escribe Roland Barthes, cultura, inteligencia, ironía, delicadeza, euforia, maestría, seguridad: arte de vivir. Los textos de goce están fuera de toda finalidad imaginable, incluso la finalidad del placer, escribe Barthes, ninguna justificación es posible, nada se reconstituye ni se recupera, el texto de goce es absolutamente intransitivo. Sin embargo la perversión no es suficiente para definir al goce, escribe Barthes, es su extremo quien puede hacerlo: extremo siempre desplazado, vacío, móvil, imprevisible, este extremo garantiza el goce: una perversión a medias se embrolla rápidamente en un juego de finalidades subalternas: prestigio, ostentación, rivalidad, discurso, necesidad de mostrarse, etcétera. Una carta de amor tiene una finalidad humilde, y grandiosa. Es una reverencia y un proceso de alquimia. Los procesos de crear cosas se parecen mucho entre ellos. Intentan llegar a extremos desplazados, vacíos, móviles, imprevisibles. Escribir cartas de amor consiste en describir el anhelo de la fusión con el otrx. El afán de emular a la música. Tal vez sólo cuando amamos obtenemos certezas: quiero estar con él. Pero al mismo tiempo se abre el abismo de la claridad de la incertidumbre. Ese vértigo del risco impreciso. Cuánto sé yo de esta persona, y la sensación de ya saberlo todo. Es igual que observar un barco con luces de colores navegando en el río. Las personas bailando en su interior. Un bello espectáculo, pero no puedes saber exactamente qué está sucediendo en la fiesta. Es una especie de voto de confianza ciega, relleno de presente como torbellino. Lo que siempre quise fue escribir cartas de amor. Intuía que en esa ceremonia había la fantasía y la realidad. En ese ritual mágico podía vislumbrar el lado oscuro de las palabras, su doble significado, su contexto, lo que las modifica, como proceso de alquimia. Redactar versos es como cantar, algo corporal. Algo que surge del cuerpo en tensión. La tensión amorosa es un escalofrío de misterio, la ilusión de que es posible, de que ninguna cima será muy escarpada. Lo que me emociona es constatar que el anhelo de la pasión está intacto. Lo que me modifica es comprobar que el deseo del amor está inalterado. El ser humano tiene eso que es exactamente igual que un proceso de magia. Algo inexplicable que sólo puede sentirse. El cerebro a veces es muy torpe para estos asuntos. Interfiere más que ayudar. Escribir cartas de amor es la sensación absoluta. La sensación poética que transforma. El despertar poético de la consciencia para entrar por la puerta de oro al reino del presente. Es esa sensación de la integración infinita, la emoción constante. Todo el resto tiene que quedar para más adelante. Sentir como que llegamos a ese extremo desplazado, vacío, móvil, imprevisible. Escribir cartas de amor es compartir un momento con las mariposas y las estrellas. Fundirse con la luna. Es hacer de la sensación del rayo de sol un sentido. De todas maneras, quién nos dice que este no es el sentido. El sentido no es desplazado, vacío, móvil, imprevisible. El acto de amar es concreto y modifica como una música dulce. Todo proceso de transformación hacia una cima sagrada cual mineral precioso tiene como base el amor. El amor hacia unx mismx y hacia los demás seres vivos. Lo que entregamos es lo que nos transforma. Esas cartas de amor que dejamos en el alféizar de la ventana. Esperando llegar al corazón del milagro. Amar tiene una cualidad extraordinaria y es su gratuidad, el resto llega con el tiempo. Todo amor es libre e intenso. Su forma es la del paisaje más sublime. Su contenido la serie de planetas en hilera orbitando como en un cosmos secreto, indecible. Lo mejor de amar es la ficción que se crea, esa historia para guiarse y exultar. El goce es amar. 

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