Elegir el camino del asombro es exponerse. La vía de la redención es la autenticidad. Saber que no estamos haciendo la pantomima ni destruyendo a nadie. Es fácil destruir. Lo mucho más complicado es amar. Darle una oportunidad a la estima. Más presencia al carácter. Más participación a la forma de ser. Qué hacemos aquí está estrechamente ligado a quién somos. Vengo de una generación en que esos aspectos no estaban tan bien evaluados, más bien había que sujetarse a ciertos cánones para ser realmente valorado. El individualismo no me parece algo negativo si significa no ir dando tumbos porque lo que nos define es una total incertidumbre constante. Creo que hemos ganado la posibilidad de elegir nuestros destinos. Aún hoy identifico personas a quienes la salida de línea los sobresalta. No los juzgo. Sólo no quiero que se me juzgue. Ya muy lejos de todo eso, identifico a quien se expone y siempre me alegro. La cobardía me parece un defecto deplorable, y también la prepotencia y la intolerancia. Sé que también estuvo en mí esta última, y hago esfuerzos por sacármela de encima. El dolor que causa es innumerable. El asombro también se aprende. La emoción también. Las máquinas de información nos mantienen ciegxs a nuestra emoción. No sólo nos dan mucho, si no que también nos dan irrelevancia. El asombro se empantana y pierde su esencia. Nos sorprende el vacío siendo que es neutro de emociones. Juega en nuestra contra. Cómo saber lo que nos compone cuando no tenemos los significados de las palabras. Cuando estos están manipulados y más nos confunden que nos aclaran. El asombro debe sentirse. Para eso nos exponemos. El mundo está allá fuera y está creado de realidad. De opciones diversas. De opciones tolerantes. De acercamientos amorosos. No hay nada más concreto que el amor. Todo ser vivo pueden comprenderlo. Desde una planta, un perro hasta un ermitaño. Que se invoquen asuntos en su nombre es otra cosa. No nos engañemos. Exponerse es aprender a amar y esconderse es rechazar esa posibilidad. Además, a quien más le importa nuestra vida es a nosotrxs mismxs. El delirio de un narciso es pensar que todo gira en torno a él. No. El mundo sigue girando. La diferencia es que puede girar tropezando innecesariamente o caminar con dulzura. Si el mundo no es ternura no nos queda nada. Suficiente ya tenemos con nuestras batallas para que la hostilidad nos vaya arrinconando en cada paso. La posibilidad del asombro tiene su raíz en la ternura. En ese camino que nos va acariciando sin juzgarnos. La delicadeza de saber que nuestras sombras nos describen. El asombro es la suavidad ante la realidad. Lo que sea que llegue contiene una porción de asombro en devenir. Pero sin afecto estamos en el abandono a las circunstancias. Tantas veces creemos estar solxs y ese no suele ser el caso. El individualismo tiene un arma de doble filo. Su antídoto es la ternura. El verdadero amor conlleva la ternura. Haberla sacado del esquema tiene mucha relación con esa idea de que no es sensual porque es débil. Qué idea tan extraña. Lo que me parece débil es la violencia. Afirmarse sometiendo. El asombro es lo más lejano a la dominación. Nace de la admiración sincera. Que no brota de otra fuente que el amor. El motivo del asombro es la confianza. La estadía de una estrella indeleble en nuestro espíritu. Esa que nos acompaña en cada asomo de las dudas, que son inconmensurables. Asombrarse es poder ir de la mano con el presente. Como dos grandes amantes.
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