El día de las brujas, es también el día de los muertos, el día de la alquimia, el día de hacernos conscientes de las transformaciones, de los cambios. Nos modificamos todo el tiempo. La regla es la impermanencia. Pero en qué nos transformamos. Ahí está la pregunta. En qué diablos nos transformamos. ¿En cuarzo, en oro, en rubí, en azufre, en obsidiana, en jade, en esmeralda, en ámbar, en diamante? No es lo mismo. Adónde nos lleva la noche de las brujas. La existencia de las brujas. Yo nací bruja, de bisabuela bruja. Tuve suerte de nacer en 1980, y vestirse de bruja puede ser un juego. Hace un par de años me vestí de una especie de reina de las nieves, me divertí en grande. Cuando era pequeña hacía la operación de ir por las casas y luego de sonar el timbre, decir: truco o trato. Creo que no tenía ningún truco en mente. Sólo quería dulces. Era una dulce niña vestida de algo relativo a las brujas, y quería que me dieran dulces. Por el contrario, no todxs pensaban igual, ni eran tan dulces, había ciertas casas que sabíamos de antemano que no recibiríamos nada, los timbres estaban destruidos, o llenos de espuma de afeitar o pasta de dientes, o había un agujero, y ya no había timbre. A ratos no parecía un juego de niñxs, si no que una obligación perentoria de tener dulces. Recuerdo que me gustaba un compañerito de la escuela que me acompañaba en esta operación, él andaba en un skate. Entramos en la casa y había una bruja de verdad, nos puso en una cacerola. Pero nosotrxs queríamos dulces. Su casa era de dulces, pero adentro, nada, sólo una cacerola con fuego. Las apariencias engañan a veces. Los convertiré en oro, dijo. ¿De qué está hablando esta señora, le dije? ¿Por qué está vestida así? A mí me parece bien, me dijo él, mejor que en cuarzo. ¿Qué?, le pregunté, ¿me estás hablando en serio? Esto no es un libro, le dije, con historias de alquimia, yo no quiero que me conviertan en nada, sólo salí a buscar dulces, además preferiría convertirme en un diamante, o en jade. ¿Puedes hipnotizar, con esos ojos de iguana que tienes?, me preguntó. Yo los veo más como de una rana, le dije. Bueno, eso da igual me dijo, ¿pero puedes hipnotizar? No da lo mismo, le dije, tal vez yo misma soy una bruja convertida en rana y puedo hacer que nos conviertan en diamante, ¿no te parece mejor? Pero oro está súper bien, me dijo. No, diamante o nada, repliqué. La bruja volvió. Nos puso en la cacerola. Qué prefieren, dijo, diamante u oro. No logramos ponernos de acuerdo. Nada, concluimos. Salimos de la cacerola. Queremos dulces, dijimos. Si no vamos a pensar en un truco, dijo él mientras me pegaba un suave codazo para que yo apoyara su plan. No tengo dulces, dijo la bruja. Nos fuimos. Hay que hacer un truco, dijo él. Qué, pregunté. Le conté la historia a las pequeñas Agustina y Margarita, escuchaban atentas. Entonces qué hicieron, preguntaron. Nada, respondí. ¿Nada?, dijo Margarita. Podrían haber convertido a la bruja en oro, propuso Agustina. Lo pensamos, afirmé, pero yo quería en diamante, tampoco pudimos ponernos de acuerdo. Qué complicados, dijo Agustina. ¿Cómo es ese proceso?, preguntó Margarita. Es un proceso de alquimia, Margarita, le dije, todo en la cacerola, y sale otra cosa. Yo quiero convertirme en bruja, dijo Agustina. Yo en princesa, dijo Margarita. De acuerdo, intentémoslo, dije. Traigan la cacerola, dije. Fueron a la cocina y volvieron. Fuimos en busca de las pociones mágicas. Las dejamos dentro de la cacerola. ¿Y ahora qué?, preguntaron. No tengo ni idea. Busquemos a la bruja esa y le preguntamos. Es todo muy confuso, dijo Agustina. ¿Dónde está esa bruja?, preguntó Margarita. Tengo una idea mejor, dije, preguntémosle a la abuela Andrea, mi madre, que hace esos ungüentos mágicos, y sabe convertir a las personas en princesas, y en brujas, si es lo que quieren. Esos ungüentos y flores que sanan. Fuimos a buscarla. Andre, dijeron -así la llaman-, queremos convertirnos en brujas y princesas. Claro, dijo, ¿tienen la cacerola? Sí, contestaron. ¿Las pociones mágicas? También, respondieron. Perfecto, dijo la terapeuta. Lo preparamos, tomamos el brebaje, y listo, señaló. De acuerdo, dijimos. Pero yo quiero convertirme en diamante, afirmé, ¿se podría? Si es lo que quieres, respondió. Sí, estoy segura, asentí. ¿Por qué no en oro?, preguntó. No sé, respondí. De acuerdo, dijo. Bueno, cuando estuvimos convertidas en bruja, princesa y diamante, salimos al tema del truco o trato. Nos abrió la puerta la misma bruja, no había envejecido ni un poco. Tal vez encontró la piedra filosofal, les comenté en voz baja a Agustina y Margarita. Qué es eso, preguntaron. Un elixir de la vida, útil para el rejuvenecimiento y, posiblemente, para lograr la inmortalidad. De acuerdo, dijeron, debe ser eso. Entonces sí sabía los procesos de la alquimia, les dije. Nos hizo pasar. Queremos dulces, dijimos, truco o trato, agregaron las pequeñas Agustina y Margarita. No tengo dulces, dijo la bruja. Pero la casa está hecha de dulces, dijo Margarita. Qué tienes, preguntó Agustina. Las puedo convertir en oro, dijo. De nuevo lo mismo, les dije en voz baja. Por qué todxs insisten en el oro. No tengo idea, nos dijo Agustina susurrando. Quiero ser una esmeralda, dijo Margarita. Oro o nada, dijo la bruja. No puede ser, le dije, pasan los años y lo mismo, tú no cambias, le dije. No hay que dar el brazo a torcer, me dijo la bruja. Firmes hacia adelante. ¿De qué está hablando? De nuestros derechos, Agustina. De acuerdo, contestó. Tenemos derecho a unos dulces, dijo Margarita. Es cierto, dijo la bruja. Todo será posible. Por mientras tengo un queque, dijo, y sacó un queque del horno. Nos sentamos a la mesa y celebramos. Por lo demás era nuestra noche: la noche de las brujas. Las estaba esperando, dijo la bruja, queda mucho trabajo por hacer, y siempre celebrar. La alquimia nos convertirá en brujas.
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