Al buscar una pareja es necesario evaluar el potencial creativo. Explorar la posibilidad de una dialéctica del deseo, como diría Barthes. ¿Escribir en el placer, me asegura a mí, escritor, la existencia del placer de mi lector?, se pregunta Roland Barthes. De ninguna manera, responde, es preciso que yo busque a ese lector, que lo “seduzca”, sin saber dónde está. Se crea entonces un espacio de goce, afirma, no es la “persona” del otro lo que necesito, es el espacio: la posibilidad de una dialéctica del deseo, de una imprevisión del goce: que las cartas no estén echadas sino que haya juego todavía. Lo que no se puede dejar pasar es el potencial creativo. Abrazar a la imprevisión del goce, pero atarla al juego posible. Amar tiene un componente de juego como recorrer laberintos. Seducir a los pasadizos para que vibren al paso de los enamorados. Escribir, como amar, puede no tener destino, o tenerlo. Todo ocurre como en una calle de fantasques, fantasías, caprichos, humor lunático, arrebato voluble. Pero todo de una precisión de relojero, pero todo de una imprevisión sideral. Rue des Fantasques, ahí te encontré. Te seguí. Tal vez amar sea como jugar al laberinto, pensé. Ir cada día por los pasajes, y encontrar las salidas. Ir como en un skate por las explanadas y encontrar el verso que viene luego del siguiente, y así. Recorrer la ciudad por escaleras perdiéndose todo el tiempo. Mejor así, queda el tiempo para soñar. Para los circos. Para las grandes fieras en la ciudad de las fieras. Para los pasajes subterráneos con forma de columna vertebral de pescado. Espinas, porque recorrer la ciudad y amar son espinas. Crear es un sinfín de espinas. Seducir al espacio de gozo para que aparezca y desaparezca. Las salidas a veces aparecen y desaparecen. La parte alucinante del juego es inventarlas. La parte del desvarío. Todo consiste en ir uniendo los fragmentos para crear las historias. Como si estuviésemos caminando por la calle de los caprichos. La calle de los lunáticos decididos a alcanzar la máquina del sol que va a bajar para hacer una fiesta, como la canción de Bowie: The Sun Machine. Eso es, la máquina del sol en la calle de los caprichos. Bob Dylan se pregunta al final del documental de Scorsese sobre Rolling Thunder Revue, qué es lo que queda de este recorrido, nada, dice, cenizas. Los caprichos son relámpagos. Siempre queda algo. El presente es un germen que puede ir multiplicándose. Si lo vislumbramos puede existir en el pasado y en el futuro. El presente es un potencial creativo, y una obra al mismo tiempo. Un camino que se traza para profundizar en la calle de lo extraño pero significativo. Lo importante es no asirlo todo inmediatamente. Alargar la dialéctica del deseo. Seguir subiendo las escaleras hasta la cima. Te haré preguntas, intentaré comprender, canta Ani DiFranco en Revolutionary Love, y si me das tu historia, la guardaré entre mis manos. ¿El amor se crea, como una obra? ¿Un destino es como un objetivo? El presente es el potencial creativo infinito. La magia de la Rue des Fantasques, donde los peldaños de la escalera explotan los cerebros que descansan. Descanso no hay. Ya está la muerte para eso. Los libros son para vivir, y las calles. Recorrerlas con tus historias y tu poesía, Troy. El nombre secreto de la ciudad de los leones es: potencial creativo. Todo sucede como en la canción Terrifying sight de Ani DiFranco, incluso en tu hora más oscura, tienes una fortuna más amplia que cualquiera. La Rue des Fantasques es: la fortuna de recorrer las calles y encontrar las historias y sus fragmentos para ensamblar. Lo crucial es ir con la música en la mirada para no perderse detalle. Subir y bajar escaleras. La ciudad de los grandes leones está repleta de escaleras infinitas. Lyon y su literatura disponible en las avenidas y pasajes. Cada rincón unos versos secretos. Busquemos los versos, le dije a Troy. Lisa, busquemos los secretos, me dijo Troy. Nos sentamos en un banco y Troy leyó Terrase à Rome, de Pascal Quignard en voz alta. Queríamos atraer los secretos. Pronunciar la literatura atrae los versos en plazas perdidas en la colina. En terrazas que sueñan con laberintos para encapsular al sol. Escuchamos a Alejandro Jodorowsky en el gran teatro presentando su película La montaña sagrada, abriendo sus brazos a la creatividad de los espectadores que querían crear una montaña sagrada entre ellxs. El amor se crea definitivamente, como una obra. Un destino es como un objetivo compuesto de presente absoluto. Se renueva mientras nace. Despliega sus alas para planear sobre la ciudad de los leones. A ras del suelo. En el barro producido por el temporal en el paseo junto al río. En el espacio del gozo es donde voy escribiendo los versos. A esos lectores propongo salidas, o no propongo nada. Sentir, amar, reflexionar. Habitar la dialéctica del deseo para ir sintiéndola en el cuerpo. En una terraza asoleada tomé el compromiso definitivo con la vida, y para la vida: escribo para ella. Me ha revelado alguno de sus secretos, como el amor: no puedo defraudarla. Me ha sugerido algunos de sus misterios, como la literatura: no puedo frustrar su fuerza. Sin frenos ni barreras, así funciono. Floreciendo o nada. El amor tiene que abrir a la vida. Entregar claves para unir los fragmentos. En la calle de Fantasques recitar la poesía eterna. Nada es infinito. Pero más que cenizas queda el presente que es germen constante. Encontrar el potencial creativo y despedazarlo. Unir los fragmentos para que todo comience. El espacio del goce es el presente sin expectativas precisas, concentrarse en los versos. El amor nos acompaña, pero no nos salva, lo importante es que no nos destruya. La dialéctica del deseo debe llevarse a cabo en condiciones precisas, para alcanzar el goce impreciso. El amor tiene un potencial creativo cuando es intenso y suave. El amor tiene poesía cuando acaricia, y entrega ideas complejas. En la ciudad de los leones todo toma forma. La forma misteriosa de los eventos que subyace cada movimiento es el amor. El deseo tras cada paso como el timbre de un piano en sordina persiguiendo los intentos. El deseo es un grito que impulsa, que despierta. El espacio del goce es donde habito en cada crepúsculo ordinario. Los días que me quedan, porque siempre queda algo, es para habitar el espacio del goce y trazar cada brazo de la literatura. El potencial creativo explora y explota al llamado de la consciencia.
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