El don literario tiene necesariamente el sello de una condena. Destino creativo que comparto con Aldo y Juan Eduardo. Nacimos para morir, como dice Lana Del Rey. Se puede morir de muchas maneras. Algunas son más reales que otras. Pero todas tienen fuego en su centro. Le pregunté al destino cuál era el camino de la locura. No supo responderme. En cambio me habló de las olas del mar. De música y de bailes hasta desintegrarse. De estrellarse contra la cara oculta de la existencia. Muchos años atrás tenía una página cuyo título era: Maledetta. Me ne sono andata e ora sono tornata. Maldita. Me fui y ahora volví. Para mí describía bien como me sentía. Resumía exactamente la repetición infernal del ciclo creativo. La existencia entera al servicio de la Gran Obra. La Gran Obra es dos cosas. La vida literaria y la creación definitiva que difumina los contornos. Que desordena todo lo trazado como necesario y posible. Es amiga de la Gran Intemperie, como la llamaba Bolaño. Si todo acabara mañana quedarían cosas por escribir, pero sabría que me entregué entera a la maldición de poder construir ensoñaciones y ejecutarlas. No le he sido infiel ni un solo día. Los destinos creativos me pertenecen tan íntimamente. Para ellos sigo. Al contrario de María Luisa Bombal, soy una enferma orgullosa de su mal. Amo los destinos creativos y el fuego que provocan. Mientras quede tiempo la maldición dará sus frutos. Sus flores. Pertenezco al linaje del caos. La gran familia de la locura romántica que cambia la faz del planeta. A ti que organizas las palabras te espero siempre en los bordes de las páginas a punto de caer por el precipicio. Un mensaje y que empiece el baile sublime.
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