Mañana once de abril está de cumpleaños mi madre. Día que a ella le gusta mucho. Mi lectora principal. Me gusta escribirle para su cumpleaños. El año pasado pudimos celebrarlo juntas. Este año tendremos que esperar un poco, cuando vengan en un par de meses, y partamos a recorrer el país vasco-francés, como acordamos, la nación de la mitad de sus antepasados. Veintitrés años cargaba su cuerpo cuando llegué yo. Cuatros años antes habían decidido casarse con mi papá. Ella venía llegando de Suecia luego de un año, y mi padre de Estados Unidos, luego de muchos años. En Santiago de Chile sellaron el pacto, que dura hasta hoy, casi cincuenta años después. Antes de eso mi madre había decidido partir a estudiar medicina a Viena, Austria, pero luego el proyecto con Francisco Balart modificó un poco sus planes. Estudió kinesiología en Santiago de Chile, y cuando terminó se inscribió en medicina. Cuando estaba en primer año, empezó a quedarse dormida encima de los libros y cuadernos. La causante era yo que anunciaba llegar en unos meses, y tenía el tamaño de una arveja, supongo, o algo por ahí. Muchos años antes de eso las madres de mis padres, en Iquique, Chile, antes de que ellos llegaran, hablaban sólo catalán en la casa. Mis abuelas aprendieron el español cuando entraron al colegio a los seis años, sus padres, que venían de Barcelona, no respondían si hablaban en español, sólo respondían al catalán. Mi mamá no aprendió catalán ni euskera pero sí aprendió inglés y sueco en su vida de movimiento. Heredé el gusto por el viaje y el movimiento. El gusto por el estudio, por aprender constantemente. Más tarde hizo un master en administración y economía con mención en recursos humanos, estudió también para ser ornitóloga, y luego se embarcó en fisioenergética y además realizó completa la carrera de salud natural integrativa donde se especializó en el eneagrama y las flores de bach. Mi madre es una mujer muy sabia, que ha dedicado mucho tiempo a reflexionar acerca de cómo el cuerpo y la mente interaccionan, se ha dedicado a ayudar a muchas personas que no ven la conexión entre las dos cosas. Yo he aprendido mucho de ella, en un sinfín de aspectos estrictamente cruciales para la existencia sin los cuales no sería quien soy. Mi mamá me enseñó la empatía. Me enseñó que todos los seres vivos y todas las personas requieren igual respeto. Me enseñó que siempre debo mirar el cuadro completo. Nunca me ha exigido ser algo que no soy. Nunca me ha dicho que no entiende que yo haya partido al otro lado del océano. Sigue tus sueños, síguelos hasta el final: eso es lo que recibí. Eso es lo que ella me entrega. La fuerza de nunca rendirme. A pesar de todos los obstáculos. Yo sé que soy un reflejo tal vez pálido de su valentía. Pero he intentado siempre estar a la altura. Para honrarla, cada día, para que sepa que la libertad que ella logró alcanzar a pesar de los eventos oscuros que nos limitan, es un ejemplo que observo y me da el poder de perseverar. Hablo con mi madre casi todas las semanas, además de que cumple espléndidamente su rol de madre, es para mí una amiga. Alguien que sabe mi vida entera. Sus consejos son decisivos, y siempre me entrega puntos de vista que me hacen reflexionar, en todo ámbito de cosas. Además de que compartimos un humor muy parecido, nos reímos de tantos obstáculos que aparecen, lo que más sirve para sortearlos y de pasada poder posteriormente escribirlos. Escribir se trata también de hablar con otros e identificar lo significativo, lo oculto a la primera mirada. Leer, vivir, conversar, escribir, escribir, escribir. Dudo que podría haber llegado a este momento pleno de mi existencia sin su mirada cariñosa y sus palabras siempre precisas. El año pasado se instaló un momento en mi casa en Lyon exclusivamente para ayudarme a encontrar un departamento que luego compramos. Este espacio de paraíso donde escribo estas líneas en este momento mirando el río, mirando a un cisne anidar frente a mi ventana. El amor por las aves lo heredé directamente de ella, a fuerza de observarlas bajo su guía. Además de la observación cotidiana, me llevó a distintos lugares del mundo a observar las aves más fantásticas. Una vez en Coyhaique en el sur de Chile vimos al menos dieciséis cóndores volando al mismo tiempo desde un risco perdido en la mitad de la nada, un espectáculo que no sé si tiene símil, creo que entendí ahí lo que era la belleza. En Costa Rica las aves más hermosas y coloridas en esas selvas impenetrables. Tantos viajes que me han marcado a fuego, recorrimos la mitad de Bolivia por tierra, luego de participar en el carnaval de Oruro, donde también comprendí lo que era la belleza. Danzar al compás, siempre danzar al compás rodeados de colores y trajes de ensueño. A mi mamá le gustan los viajes donde uno se viva la experiencia hasta el final donde se pueda conocer el alma de los lugares, donde se deje de ser uno mismo para convertirse en otra cosa. Yo nací escritora, pero haber logrado materializarlo se lo debo a ella y a mi padre, que siempre han estado alentándome con amor, igual como lo hacía mi abuela cuando todavía estaba aquí. Estas palabras son un regalo humilde para agradecer algo enorme: la vida y los sueños. Te admiro por siempre. Muchas gracias, mamá, que sean muchos más, muy feliz cumpleaños.
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