15 de abril de 2023

La encomienda

Años atrás, en un momento difícil personal y profesionalmente tuve la mala ocurrencia de llevarme a Chile mi biblioteca, mis instrumentos musicales y la música que tenía en formato físico, esto es, todo lo que poseía. Por supuesto me quedé finalmente en Chile sólo unos meses, y al volver a Francia tuve que dejar atrás esas cosas, que para mí fue como dejar un brazo, cuatro dedos y la mitad de una pierna: cosas fundamentales para la vida en el planeta tierra. Partí, con la mitad de mi cuerpo a cuestas y me despedí sentidamente de ellos, prometiéndoles que nos volveríamos a encontrar. Todos lloramos, nos abrazamos, y me embarqué a continuar la aventura, como siempre. No hay que olvidar que al caos no se renuncia jamás. Antes de partir me encerré varios meses a redactar el borrador del proyecto doctoral absurdamente desafiante que yo misma me había impuesto modificando el anterior, porque para qué hacerlo a medias, dos autores, dos profesoras, dos facultades, inventémoslo todo en un par de años, quizá es posible, veamos, lancémonos en picada al caos para que nos hable a la cara. Lo interesante es que logré redactar el borrador, sobre el que todavía sigo reflexionando porque la universidad luego de un par de años me invitó administrativamente a volver a inscribir mi proyecto porque a pesar de que era otro tema distinto al anterior lo consideraba como un cambio de título, y no podía seguir dándome plazo para mi reflexión que había logrado fundir mi cerebro pero no mis ganas de explorar lo imposible, mi pasatiempo preferido. Ahora voy en cuatro autoras y autores y el desafío sigue transformándose, pero la felicidad de reflexionar e investigar está intacta. Sólo creo que será mejor que exprese a mi manera lo que me gustaría decir: siempre la literatura. Hay algo que siento de tiempo en tiempo cuando mi cerebro literario se funde y me quedo en la intemperie mirando hacia los lados: cuando se acaba la creatividad viene la academia. La fantasía versus el corsé. Bolaño lo desarrolla de manera hilarante me parece en 2666, el modo de vida diferente de los escritores versus los críticos. Pero volvamos ahora a los libros que tuve que dejar atrás, ya habrá tiempo, espero, de hablar de eso otro. Entonces, este año, luego de varios años separada de la mitad de mi pierna, un brazo y cuatro dedos, resolví que era el momento de volver a reunirnos, dada la mayor estabilidad que podía ofrecerles, al contar con los papeles y el espacio físico necesario y propio. Se embarcaron y llegaron frente a mi casa finalmente en un camión conducido por un papanatas, aquí viene lo interesante de la historia. El personaje en cuestión se baja del camión, baja la mole gigantesca que constituía todo lo que dije antes junto, más libros nuevos y toda mi colección de discos que tenía en Chile que también decidí traerla y la deja en la acera, y me dice, listo. Estamos hablando de muchas cajas, todas juntas unidas con miles de cartones alrededor y plumavit y cinta adhesiva, una estatua colosal de miles de kilos. El utilizó, desde luego, un remolque para hacerlo. Yo lo quedo mirando, y le digo, ¿cómo?, gracias, perfecto, pero ahora necesito que eso llegue a mi departamento. No me pagan para eso, me dice, yo lo voy a dejar aquí, y señala la acera. Voy a necesitar, le digo, que al menos lo deje adentro del edificio, si no fuera mucha la molestia. No es verdad, no usé esas palabras. Fueron un poco más incisivas, un poco. A lo que accedió a entrarlo al edificio. Por supuesto la estatua colosal no cabía por la puerta. No se preocupe, le digo, voy a traer una tijera, ya que usted no tiene una, y desarmamos este menhir y luego por partes podrá entrar por la puerta, además, le comento, la verdad que va a tener que ayudarme a que sus partes queden al lado del ascensor porque sino no me será posible ponerlas dentro y que logren llegar a su destino final, que no es la acera, sino mi casa. Bien, accedió a desarmar el monolito, o sea, entre los dos cortamos el envoltorio monumental y llegamos al corazón de la piedra. Pierre, seguro no se llamaba así, pero digámosle así para entendernos, llevó un par de cajas luego dentro del edificio, atención, no subió los peldaños hasta el ascensor, sólo en la entrada, pero sí me ayudó a llevar el teclado, que tiene el porte de un piano, hasta el ascensor, pero no a dejarlo dentro, atención, y yo compartiéndole la fragilidad de aquella maleta gigante, de lo que él no se había percatado, no tenía cómo saber lo que contenía. Hecho esto, entró un par de cajas más, las que yo llevé junto al ascensor, y luego trajo un pequeño teléfono o algo así, y me pregunta mi nombre y me dice, debe firmar aquí. Yo sabía que si firmaba había una posibilidad que él partiera, pero pensé que lo que había abajo de todo era de él, una superficie gruesa y ancha como un escenario, por lo que habría que sacar todo de encima para poder partir. Craso error, no era de él. Termino de firmar, yo, y él, media vuelta, la mitad del menhir y todo su envoltorio en la acera, Pierre el papanatas se subió a su camión sin mirar atrás y partió, sin decir palabra. Me quedé mirando el camión partir con estupor, y luego observé la acera reconociendo que lo que quedaba por hacer tendría una sola responsable: yo. Qué pelotudo, pensé, por supuesto, que arda en el infierno. No, no me dio para tanto, sólo pensé empresa de mierda o funcionario de mierda, y ahora qué. Me quedé un momento observando el monolito, a continuación de observar el camión hasta que se perdió en la inmensidad. Si la situación le pareció divertida, ojalá que haya estrellado su camión después contra un poste. No, no pensé eso, sólo me dio para tomar decisiones que eran necesarias en ese momento. Subí de a tres las cajas en el ascensor, que es muy pequeño, mientras el cerro de cartones, plumavit, cinta y el escenario quedaron en la acera a la espera de una solución lo antes posible, y luego de eso pude regresar a la acera. El teclado fue particularmente difícil de entrar al ascensor y dejarlo en el departamento, pero finalmente logré terminar la operación, y el menhir estaba desarmado dentro de mi casa, y sus partes no se habían perdido por el camino. Fue una alegría reencontrarnos, pero no había tiempo para largos discursos porque tenía que regresar a la acera lo antes posible a ocuparme del escenario de cartones para realizar una performance consistente en hacerla desaparecer. Entremedio apareció una señora mayor que resultó ser la vecina de la puerta de enfrente y me ofreció ayuda, luego de comentar algo de que no podía pasar en lo que no insistió posiblemente por mi cara de respuesta a su comentario, el que estuvo acompañado de señalarme que todo eso no iba a caber en el reciclaje y que no había solución posible. Le agradecí indicándole que no se preocupara, su optimismo no estaba ayudando. Con las tijeras corté los pliegos de cartón en pedazos más pequeños y los plumavits con la mano, y organicé la vestimenta del monolito como mejor pude. Seamos claros, el asunto se asemejaba a una colina. Luego partí a donde está el reciclaje con una décima parte y la llave para abrir había dejado de funcionar. Fantástico. Recordé que tengo un control para abrir por donde entran los autos, subí a buscarlo y volví, el reciclaje estaba lleno, así es que tiré todo, en varios viajes, en el estacionamiento hasta una idea mejor, y aquí viene la otra parte interesante de la historia, cuando todavía no había terminado, empezó un viento de varios kilómetros por hora. Mi hermoso orden voló por supuesto por los aires, y tuve que danzar por la acera como el baile de un pulpo para poder atajar todos los pedazos y no llenar el barrio de cartones y plumavit, lo que logré con éxito, a pesar de que pensé que sería una proeza inalcanzable. El anuncio de tormenta se calmó y tomé posesión de todas las partes de la estatua y di por terminado mi trabajo. Pero aún hay más. Una vez de vuelta en mi casa, me siento a descansar antes de abrir las cajas, pero un olor a quemado impide el descanso, voy a la cocina para observar por la ventana qué es lo que se estaba quemando, pero no, era mi casa, cuando llegó Pierre con mis cosas la felicidad fue tal que bajé corriendo a la acera y el agua que había dejado hirviendo para hacerme un café quedó hirviendo para siempre, hirvió tanto tanto que cuando llegué ya no había agua dentro, sólo una olla quemándose y un magnífico olor acompañado de una nube verde con negro que compartía con el aire disponible en la cocina. Mierda, mi peor temor, que se queme todo y la biblioteca quede convertida en humo. Apagué el gas y abrí las ventanas. Había corriente debido al viento y todo se abrió y cerró en un gran caos, pero la nube negra se dispersó y mis pulmones pudieron adquirir aire transparente o casi. Me senté ahora sí en mi silla junto a la ventana donde escribo, esas como de playa, con pasamanos donde apoyar los brazos, mirando hacia el techo. Pensé un momento en Pierre y su camión, pero tenía cosas más interesantes que hacer. Observé las cajas con mis libros, sonriendo. Es lindo cuando la existencia te da la oportunidad de reparar y de terminar lo que quedó pendiente. La encomienda de miles de libros, discos, tambores, teclado y vestidos de flamenco estaba ahí. No he vuelto a pensar en Pierre. Ordené todos los libros por autores y temas con una emoción desbordante. Volvimos a abrazarnos. Caí en cuenta que tomé diez años en armar un departamento como el que tenía en Santiago de Chile cuando vivía sola, aquí en Lyon, con biblioteca completa y una especie de sala de música. Ahora tengo hasta un proyector para ver películas, momentos que disfruto con fascinación. Siempre se puede volver a empezar. Sola y feliz. Lista para la Gran Obra. La nostalgia a ratos, es el precio a pagar por la libertad. La soledad también, precio que no todos están dispuestos a pagar. También están las muletas que camuflan el vértigo constante de la libertad, la compañía a veces superficial y las adicciones, que oscurecen la autonomía. Tener el desafío de la Gran Obra ayuda. Estoy en el lugar donde mis ganas de escapar cesaron. Es la primera vez. 

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