27 de abril de 2023

Sin forma

A veces anhelamos cosas que no van a llegar. Cuerpos que no podremos obtener. Movimientos acompasados que están más allá que nosotros. Que observamos a la distancia. ¿Y decírselo? Confesar esa atracción maldita que destruye. Que es tan fuerte como querer vivir. Querer bailar y olvidarlo todo. Como si enfrentar cada día fuera algo fácil. Algo sin contratiempos. Sin distancias. Sin dudas. Sin verdades que llevamos con nosotros y a veces no sabemos qué hacer con ellas. La primavera tiene ese aroma de que todo es posible. De que las cosas pesan poco. De que existir es como flores que surgen por todos lados. Que al mirarlas hablan de colores que no tienen que ver con la consistencia densa de la que está fabricada la vida. La sugerencia de que la multiplicidad de tonalidades son eventos que cruzan a veces nuestra ruta. ¿Y ahora cómo decirle? Hay cosas que no se pueden hacer, aún en el presente. En este presente transformado y tan lúcido. En este presente glorioso y omnipotente. En este presente creativo que todo lo asola. En estas ganas de acabar con los límites de las palabras. Con las separaciones de los cuerpos. Subir el volumen de la música y perderse en el suave abismo. Sentir que ya se ha vivido lo suficiente, que lo queda para adelante tiene que flotar en el vacío del placer y del esfuerzo. Los amas a todos, me dijo un día. No es verdad, sólo a algunos. Muy pocos. Y no puedo tenerlos a todos. Algunos están más allá del abismo. Donde cuesta pronunciar las palabras, donde la sonoridad se desvanece al intentar llegar a puerto, donde las frases se quedan detrás de los ojos, observando, maldiciendo la forma del mundo y sus contornos rígidos que están hechos de un humo denso que todo lo confunde. De qué está compuesto el deseo que duele. Cuál es su llamado. Cuáles son sus expectativas. Qué sueño quisiera hilar en el aire. Hasta desvanecerse como una nube que parte para disolverse y dejarnos el puñal clavado. Bien adentro. Porque en el fondo amar cuando es cierto es sólo desear un cuerpo y las palabras que lo acompañan. Una cierta energía que nos dio en la cara en pleno día y ahí quedamos. Como perdidos en la mitad de una colina desierta, y luego volver a casa y tener que ponerse a buscar la coherencia y las razones de por qué se empezó algo y cuál era su sustancia que nos llevó tan lejos, a pesar de que todo parece estar en el cajón equivocado. Y en los estantes los libros que nos señalan, que nos dicen, dónde quedó tu coherencia, dónde quedó ese personaje que armaste, que tenía tanto sentido, dónde quedó ese grito ahogado que una vez pudo salir, pero las razones parten lentamente dejándote al descampado, y luego: ¿qué? Mirar hacia atrás, hacia delante. Mirar la sustancia real del presente que parece como que estuviera compuesta de algo que no tiene que ver con nada de eso. Sino con otras cosas, independientes, fieles a ellas mismas. Y decirse: no sé quién fui pero ahora ya sé quién soy. La que todavía no conoces. La que te espera en ese puente que une la vida al deseo. La que está desilusionada del amor y sólo quiere volar. Tal vez contigo. Lo interesante de la vida es la sugerencia de nuevos crepúsculos a observar hasta desintegrarse. La ocasión sin tregua de alcanzar lo inexplorado. Lo que alguna vez pueda quizá sugerirte. Un anhelo primitivo de encontrarse en ese lugar donde las cosas ya no tienen nombre. Ser lo no nombrado, y así fundirse en una sola cosa sin forma y sin nombre. 

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