Algunas personas temen al caos. Temen a la literatura. Quieren poseerlo todo. Controlarlo todo. Quieren tener mártires de la vida, cautivas. La existencia es por definición encuentro y torbellino. Por qué desear la planicie. Entiendo que el caos puede generar inseguridad, pero amar a alguien es amar su destino. Desde dónde nace el miedo. Desde dónde nace la necesidad de posesión y control. A ellos les digo: la literatura es irrenunciable. A ellos les digo: la capacidad de amar es cierta. A ellos les digo: la capacidad de amar es irrenunciable. Tiene la sustancia de la libertad. El amor es multiplicidad e incertidumbre. No se lo bancan: la literatura sigue su camino. El caos es otra manera de decir existo y escribo. El caos llegará más lejos que aquellos que se quedaron en el camino. El caos es la inmortalidad definitiva. El sueño de cada reflejo que brilla en el agua y nos mantiene en vida. El caos es nunca dejar de soñar, a pesar de todo. Un destino solitario en cuyas entrañas germina la inmortalidad. El caos es vivir como si se fuera inmortal, sin serlo. Es sentir la finitud hasta el último átomo. Convivir con el dolor y el placer mirándoles la cara. Desafiándolos. El caos es ordenar los segundos y exprimir lo que tienen que decir. Interrogar sin detenerse a la existencia. Compartirle los hallazgos. El caos es un destino borrascoso y sublime. Tempestad para que nazca la Gran Obra. Cueste lo que cueste. Sol en su cénit, tempestad, tempestad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario