Nos divertíamos caminando por la selva. Sentíamos que era nuestro lugar. Teníamos rutinas que nos gustaban. Observar ciertos árboles, comentar sobre ciertos pájaros. Un día el río subió y quedamos atrapados, no se podía cruzar. Esperamos donde estábamos, comiendo lo que los árboles nos daban, observando los animales, era la primavera selvática, no nos aburrimos, buscamos ocupaciones y nos dedicamos a profundizar en ellas. Fueron unos meses de reflexionar y acercarnos, esperando que el río bajara. Pero un día él comenzó a ver pisadas por aquí y por allá. Huellas que quizá significaban cosas. Comenzó a investigar, observar el movimiento del viento y los posibles cambios de todo lo que estaba alrededor. Leía las señales. Un buen día me dijo: una amenaza se cierne sobre nosotros. Yo observaba hacia todos lados, pero no tenía tanta información como él, no veía la amenaza claramente. Ahí está, ahí está, me decía. Empezó a sentirse contrariado. Cómo no la ves. Comenzó a encerrarse sobre él mismo. Quería alertar, empezó frenéticamente a redactar afiches con pequeñas anotaciones que indicaban los detalles del peligro. Los fue colgando a los árboles para advertir. Yo seguía mirando para todos lados sin comprender mucho. Pero él tenía información precisa, a la que yo no podía acceder. O quizá no me interesaba lo suficiente. Tenía mejores cosas que hacer. La selva era muy interesante, empleé mi tiempo en anotar pequeñas historias que iba identificando. Él fue profundizando más y más en las precauciones a tomar, en la dimensión del peligro, yo iba profundizando en las historias, buscando nuevos elementos que antes no había reconocido. Un día sucedió algo inesperado: yo también era el enemigo, no era yo capaz de reconocer la amenaza que se acercaba y se acercaba, y la coalición ya era gigantesca, la selva completa formaba parte. Comenzó a decirme que mi actitud era grave, indiferente a la gran nube que estaba entre nosotros, haciendo caso omiso a quienes dejaban esas huellas y mi indolencia tendría consecuencias. Yo seguí con mis historias mirando de reojo esa gran maldición que me alcanzaría, esperando que una vez que el río bajara también bajaría la intensidad de su percepción del peligro que ya comenzaba a inquietarme. El río volvió a bajar un día, le dije, ya vámonos para la casa, hace un momento que estamos aquí. No, me dijo, no entiendes la amenaza. Tomó todo y se lo llevó. Las mochilas, la casa, la familia, los animales. No vuelvas, me dijo. No quiero que estés aquí, siguió poniendo afiches con advertencias, por meses, años. Yo me quedé con las historias, nada más. Sigo viva, la catástrofe anunciada no ha llegado. Me interné en la selva, no tenía nada mejor que hacer, llevándome las historias, recordando de cuando en cuando. La amenaza era clave, pero no el hecho de que yo partí selva adentro sólo con historias en el bolsillo. Ahora aparece a veces y quiere también llevarse las historias, me dice que no me pertenecen. Yo me quedo observándolo impasible. Mirando cómo me dice que buscaba la soledad, pero no es capaz de tomarla. La amenaza en su cerebro se llevó lo que me pertenecía. Pero por siempre, por siempre, las historias serán mías. Y podrán revelar los secretos de lo absurdo de residir en la selva. Todo eso que yo intuía, y que su partida me dejó descubrir. Me traicionó a mí y nunca a la amenaza imaginaria. Piensa que las cosas serán distintas. Pero los ciclos tienen una tozudez impresionante. Su cerebro imaginario flota río abajo. No he tenido oportunidad de verlo en su barcaza, estoy muy dentro de la selva con las historias. Sólo sé que me traicionó, y que ahora comprendo cuál era la real amenaza. No pude verla antes. Quizá se está secretamente vengando, y luego yo podré vengarme, y así sucesivamente, qué bello es el amor, ¿cierto? Traiciones y amenazas. La fragilidad del hechizo, la obstinación de las repeticiones, y esa absurda noción de la existencia sin temporalidad, sin pasado, sin futuro, y la idea de que comenzar la aventura está fuera de esa línea, eximido del dolor que, inevitablemente, llegará. Entonces alguien piensa, conmigo será distinto, para qué observar el pasado. No hay peor ciego que el que no quiere ver. La ceguera es peor que el peligro. No veo que haya llegado un nuevo orden a la selva, pero sí te cayeron encima las historias, la más grande amenaza.
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