12 de julio de 2017

Una historia

Una historia
(Barcelona, 2013)

Quiero escribirte una historia. A veces me adueño del mundo. Todo se reverencia amablemente. La música me eleva. Nada me importa. Porque el momento es mío. Porque contiene tanta magia que deja de lado todo lo demás. Quiero escribirte una historia. Una que te haga llorar. Que te destroce el corazón. Pero sólo tengo unas pocas palabras. Que juntas quizá signifiquen algo. Quiero escribirte una historia. Que cambie el curso del mundo. Que modifique tu estadía en la vida. Ésta es la historia. Escribo bajo una luz tenue. Respiro hondo. Una música suave me habla de revolución. Me pregunto cuándo habrá un sentido para las cosas. Miro por la ventana, y veo pequeñas vidas al otro lado de la calle. Otras ventanas que no son la mía escondiendo cosas que nunca sabré. Esta es la historia: Algo nos separa. Varias calles. Una infinidad de semáforos en rojo. Miles de edificios. Murallas y murallas. Ésta es la historia. Veo una habitación a unos metros. Dos personas separadas por unos centímetros. Veo que hacen gestos, discutiendo coléricamente. Veo que ella intenta acercarse. Él la empuja hacia atrás. Veo que ella se cubre la cara con las manos. No alcanzo a ver sus lágrimas. Ya no se dicen nada. No se miran. Veo que él vuelve a realizar gestos, con una violencia arrolladora. Veo que ella se cubre la cara con mayor intensidad. Veo que él abre un bolso, y lo llena de calcetines, una chaqueta y unos zapatos. Sale de la habitación, y luego lo veo en la vereda caminando atarantado. Veo que se tropieza y cae. Se levanta abrumado y contrariado y continua, enciende un cigarrillo, mientras la mano le tirita, luego lo pierdo de vista. Ésta es la historia: te perdí caminando por la ciudad y ya no sé dónde estás. Quizá nos separan varias orquestas, unos cuantos teatros, cientos de actores, diversos poetas, múltiples libros de filosofía y un par de novelas. Ahora ya no sé dónde buscarte. Ésta es la historia. Miro nuevamente a la ventana de en frente. La mujer sigue sentada en el mismo lugar de la cama. Vuelve a cubrirse la cara. Tira un cojín contra la pared con fuerza. De pronto sale al balcón, y tomando en sus manos algo que parece un cuaderno, lo lanza lejos. Luego entra, sale con unos zapatos, y repite el gesto. Caen en la mitad de la calle. Nuevamente el mismo rito, con varios libros, cientos de pantalones, camisetas y chaquetas. Una silla, luego el cubrecama y unos cojines. Se queda al borde del balcón, mirando al infinito, mi corazón comienza a latir rápidamente. Temo lo peor. Ésta es la historia: quisiera escribirte una historia en la que estuvieras aquí. Una historia en la que me hablaras al oído. Una historia en que me dijeras que las cosas tienen sentido. Una historia en que nos resguarde una fortaleza, en la habitación más alta de una antigua torre. Donde avistemos la ciudad silenciosa, con sus pequeñas lucecitas refulgiendo en la quietud de la noche. Una habitación donde se haga de día y un pájaro se pose en nuestro balcón, con un mensaje de inmensidad. Donde nos ahoguemos de plenitud, con la sensación de un universo bondadoso e innumerable. Donde salir al balcón implique entender algo. Ésta es la historia. La mujer se aferra firme a los barrotes. Luego se saca algo que cuelga de su cuello y lo lanza a la calle. Luego se saca el corazón y lo arroja suavemente hacia el abismo, despidiéndose. Luego se arranca un brazo y lo deja caer. Luego el otro brazo. Luego sus piernas. Luego su pecho, su estómago, y por último su cabeza. Su corazón queda entre los libros, y su pecho arropado entre unas chaquetas. Su cabeza cubierta de lágrimas. Ésta es la historia: vi los planetas alinearse. Luego perder su órbita. Ésta es la historia, la que yo quería escribirte, y acaba cuando los planetas vuelven a alinearse.


En este parque a veces es posible

En este parque a veces es posible
(Barcelona, 2013)

Quisiera hacerte mío, pero he llegado al parque y ya no estabas. Me sumí en un paréntesis delirante. Cuando miré hacia atrás lo único que quedaba era tu olor en mi almohada. Pero era tenue y luego se difuminó hasta desaparecer. Ahora voy por la calle y una suave música me aleja de ti. Continuo, y continuo, y sin esperarlo vuelvo al parque. Me siento entre dos grandes árboles, mientras sopla una brisa cálida, que luego se vuelve fría. Me recuesto en el pasto, mientras observo el vaivén de las hojas. A veces la perplejidad se hace carne. A veces el presente se suspende. A veces nuestro poderío se debilita. Entonces esas hojas se convierten en pequeños parques llenos de palabras, que dejan de tener significado. Todo empieza a confundirse, y las palabras quisieran significar otra cosa. Entonces se forman nuevas frases que se abalanzan como un tropel de desvaríos. Ese es el momento en que las tomo entre mis brazos y hago lo que quiero con ellas. Porque están a mi merced ante tal confusión. Y escribo “en este parque todo es posible”, y luego escribo “en este parque nada es posible”. Y luego, “en este parque a veces es posible”. Pero quisiera escribir, “en este parque las palabras significan algo”. Y escribo finalmente, “en este parque las palabras no significan nada”. Y cuando todo está sumido en un gran desorden ininteligible, apareces tú, de manera inesperada. Quisieras escribir una frase pero no alcanzas las palabras. Resuelves observarme mientras ordeno el caos. No es fácil porque llevo largo tiempo conviviendo con él. Te acercas y me miras a los ojos, “algún día las palabras significarán algo”. Continuas con la mirada fija en la mía, “en este parque todo es posible”. “Sólo a veces”, te respondo, y las palabras ya son mis amigas. Me invitas a caminar por el parque, pero debo partir. “La entrada a este parque fue inesperada”, te digo. “Las oportunidades llegan”, me dices. “Y también se van”, te digo, “como el amor”. Resuelvo marcharme, de mi breve estadía en el parque, efímera como la vida, como las palabras, como un abrazo. Me dirijo hacia el mar, para sentir la infinidad en las olas, y devolver las cosas a su lugar. Sabiendo que la reminiscencia es inevitable, y que algo de su mirada persiste en mí. Luego en mi habitación mi almohada ya no tiene su olor, pero algo ha quedado adherido a mi piel, y voy por las calles preguntando por su nombre. Quizá ese “a veces” lo traiga de vuelta a mi piel. Quizá ese abrazo sea menos efímero que la vida. Quizá las palabras insistan en desordenarse y yo seguiré tratando de componerlas. Quizá incluso lo inolvidable puede a veces olvidarse. Quizá lo que se olvida, puede a veces volverse inmortal.


La muerte que se parece a la vida

La muerte que se parece a la vida
(Barcelona, 2013)

A veces se abre una pequeña caja y aparecen grandes cantidades de piel, con un aroma que se adhiere a ella. Las paredes se resquebrajan, y ya no es posible componerlas. Buscas a tientas por la habitación, algo que te resguarde del torbellino. Pero lo que rozas son unas piernas, tibias, y deslizas suavemente tus dedos por ellas. De pronto la cintura, desnuda al momento. Quieres detenerte ahí, pero la pasión mortal se instala en tu pecho. La vida ya no te importa, lo único trascendente es continuar, como una condena inexorable. Sacudes tu cabeza para recordar cómo era la vida, pero lo único que existe son sangre y huesos. Un corazón que palpita a una velocidad arrolladora y violenta. De pronto te acunan unos gemidos, dándote un respiro. Pero la verdad es que el pasado y el futuro se han difuminado. Sientes una lengua húmeda que se desliza por tu cuello. Sientes que la vida es esto y no hay nada más. Entonces se instala la muerte en tu corazón y se adueña del espacio, como una bella catarsis. Despiertas y ya no hay nada ahí. La habitación está vacía y los autos circulan por la calle. Las recorres en busca de la vida. Porque una vez estuvo en ti. Porque antes era fácil dirigirse a algún lugar. Pero el tiempo ha quedado detenido, las caras de la gente ya no tienen sentido. Preguntas cómo llegar a casa pero sólo obtienes muecas de incomprensión. Todo ha quedado al revés, los caminos tienen la dirección opuesta. La muerte incubada en tu corazón distorsiona todo. Invade cada poro de tu piel. Te sientas en un banco a esperar un milagro. Recuerdas la pequeña caja que una vez abriste. Solo queda una solución, matar a la muerte. Devolver los edificios a su sitio. Transcurren un par de días, sigues sentado en el mismo lugar. Buscas a la muerte para acabar con ella. Sabes que está dentro de ti, pero sientes como que hubiese invadido todo el lugar. De pronto la encuentras, pero se parece mucho a la vida. Casi son lo mismo. Te entregas a ella, en un viaje que se parece a un paréntesis donde todo es posible. La montaña rusa sube y baja, tantas veces que te elevas en un éxtasis confuso, asfixiante y sobrenatural. Te cautiva lo desconocido y ya no puedes parar. La caja ha quedado abierta en tu velador. Te lanzas montaña abajo. No hay otra forma de vivir.