12 de julio de 2017

En este parque a veces es posible

En este parque a veces es posible
(Barcelona, 2013)

Quisiera hacerte mío, pero he llegado al parque y ya no estabas. Me sumí en un paréntesis delirante. Cuando miré hacia atrás lo único que quedaba era tu olor en mi almohada. Pero era tenue y luego se difuminó hasta desaparecer. Ahora voy por la calle y una suave música me aleja de ti. Continuo, y continuo, y sin esperarlo vuelvo al parque. Me siento entre dos grandes árboles, mientras sopla una brisa cálida, que luego se vuelve fría. Me recuesto en el pasto, mientras observo el vaivén de las hojas. A veces la perplejidad se hace carne. A veces el presente se suspende. A veces nuestro poderío se debilita. Entonces esas hojas se convierten en pequeños parques llenos de palabras, que dejan de tener significado. Todo empieza a confundirse, y las palabras quisieran significar otra cosa. Entonces se forman nuevas frases que se abalanzan como un tropel de desvaríos. Ese es el momento en que las tomo entre mis brazos y hago lo que quiero con ellas. Porque están a mi merced ante tal confusión. Y escribo “en este parque todo es posible”, y luego escribo “en este parque nada es posible”. Y luego, “en este parque a veces es posible”. Pero quisiera escribir, “en este parque las palabras significan algo”. Y escribo finalmente, “en este parque las palabras no significan nada”. Y cuando todo está sumido en un gran desorden ininteligible, apareces tú, de manera inesperada. Quisieras escribir una frase pero no alcanzas las palabras. Resuelves observarme mientras ordeno el caos. No es fácil porque llevo largo tiempo conviviendo con él. Te acercas y me miras a los ojos, “algún día las palabras significarán algo”. Continuas con la mirada fija en la mía, “en este parque todo es posible”. “Sólo a veces”, te respondo, y las palabras ya son mis amigas. Me invitas a caminar por el parque, pero debo partir. “La entrada a este parque fue inesperada”, te digo. “Las oportunidades llegan”, me dices. “Y también se van”, te digo, “como el amor”. Resuelvo marcharme, de mi breve estadía en el parque, efímera como la vida, como las palabras, como un abrazo. Me dirijo hacia el mar, para sentir la infinidad en las olas, y devolver las cosas a su lugar. Sabiendo que la reminiscencia es inevitable, y que algo de su mirada persiste en mí. Luego en mi habitación mi almohada ya no tiene su olor, pero algo ha quedado adherido a mi piel, y voy por las calles preguntando por su nombre. Quizá ese “a veces” lo traiga de vuelta a mi piel. Quizá ese abrazo sea menos efímero que la vida. Quizá las palabras insistan en desordenarse y yo seguiré tratando de componerlas. Quizá incluso lo inolvidable puede a veces olvidarse. Quizá lo que se olvida, puede a veces volverse inmortal.


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