Yo deseé vivir. Pero cómo. Los cuentos El tenedor, Mapas y La peineta son cuentos del invierno de Alaska. Los escribí en la sin forma. El texto Mélisande lo escribí para Joseph, estaba todavía en Alaska, pero tenía un ancla. Hay que imaginarse una persona en un iglú, construyendo un iglú, y luego sentada dentro, esperando algo. No sabemos bien qué. Lo que sí sabemos es que su ingenuidad es bastante grande. Todavía cree en los grandes proyectos, que más bien en ese momento son salvavidas que la extraigan de Alaska. Cree que está amando intensamente: se equivoca totalmente. Cree que todo será fácil y rápido, espera en el iglú. Qué distinto resulta ser todo. Pero el misterio siempre se va revelando de a poco. Hay algo de ternura en la vocación de organizar la realidad, o algo delirante de creer que es posible. He intentado amar cuatro veces después de Jean: nada. Con Joseph, dado que era el primero, estaba particularmente confiada: no conocía todavía bien ese misterio. Yo pensé que todo era grito y plata, como se dice: éxito asegurado. Los misterios de aquel órgano en el pecho son mucho más que misterios: son derechamente aporías. No hay explicaciones humanas, tal vez sí sobrenaturales, o tal vez sí planetarias, cósmicas, o ninguna. Ya no tengo esas ilusiones del amor intenso que va a llegar por arte de magia. El amor pasión me tiene sin cuidado. Más parece un pasatiempo frívolo. Aunque tiene su gracia. Pero ese afán de gigantescos propósitos es idéntico a Alaska: algo frío. Parece un bosque de una belleza singular, y termina siendo un bus abandonado con un muerto dentro envenenado con alguna baya ingerida por equivocación porque parecía nutricia, y finalmente no. Un cadáver con un cuaderno al lado con frases cortas: la felicidad es mejor cuando es compartida. Pero el cuaderno se disuelve en el invierno de ese norte extenso, y todo termina siendo una expedición a la nada. No es posible compartir los descubrimientos, porque son intrincados y tampoco se entienden bien. ¿No era solo el asunto?, ¿no era acompañado?, ¿cómo era? El cuaderno enterrado en la nieve como peineta perdida río abajo, como tenedor intentando ser peineta, como obra que habla sobre la sumisión y la violencia, como mapas que señalan un cauce que tal vez nunca existió, o hubo agua, pero ya no está. Qué importa que ahora sea la mitad de la vida, la desilusión es la misma, la forma que se sostiene por sí sola porque todos los intentos de redactarla acompañada fueron vanos, y sobre todo, porque no es posible redactar acompañada nada. Christopher McCandless lo aprendió bien y lo pagó con su vida. Porque nunca sabemos que eso que vamos a conseguir va a envenenarnos, va a llevarnos al misterio definitivo, el que no se resuelve ni con las herramientas más sofisticadas, el que no tiene vuelta atrás. Yo deseo vivir, a diferencia de Calixte y Kaleb, pero los entiendo perfectamente. Sé que el nacimiento de la forma puede costar la vida. I’m just another crazy guy playing at love was another high, canta Bryan Ferry. El nacimiento de la forma no es un juego, a diferencia de la aspiración al compromiso, es lo más serio que hay, puede salvar vidas. Love was too hot to handle?, se pregunta Roxy Music. Yo quisiera despedirme ya de todos quienes me ayudaron a crear la forma, Joseph, Loup, Troy, Maël, desearles suerte y que trabajen ahora en sus propias formas. Yo la mía ya la encontré, y lo bueno de estas cosas es que siempre va cambiando, porque ya sabemos que lo único real es el movimiento, lo único que nutre la fantasía y el misterio. Las bayas envenenadas entorpecen la forma, toman el espacio y el tiempo disponible. El nacimiento de la forma se produce, al fin de cuentas, en soledad. Eso es ineludible. La inspiración es otra cosa. Las musas son otra cosa. Tal vez ese bus en el bosque es la metáfora correcta. Ese intento delirante, extremo, difícil y mágico. El encuentro con el misterio.
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