Escribí. Leí también. Leí Byung-Chul Han y me trajo respuestas. Me las trajo todas. Tuvimos una larga conversación. Los personajes no logran ponerse de acuerdo en cuanto a un concepto de mundo. Es la ópera, le dije. Una pieza en la que no hay salida. Lo que pasa, le dije, es que Maël quiere la realidad fragmentada como leer el periódico, y yo soy una creadora de historias. Lo extraño es que él también, pero cuando viene el momento de crearlas en la realidad entonces quiere optar por una especie de mosaico inentendible. De acuerdo, me dijo Han. ¿Probaste someterlo con químicos? No, no me dijo eso Han. Sino todo lo contrario. Cuéntale historias. Pero si me dedico a eso, le dije. Intenté contárselas, pero insistía en el mosaico. Terminé muy confundida. Bienvenida, me dijo, estoy igual que tú. Pero si me diste todas las respuestas, cómo puedes estar confundido, quise saber. En el fondo todxs estamos confundidos, me confesó. ¿Tú también? Te juro, contestó. De acuerdo, le dije. Nos quedamos en silencio. Porque el silencio es la hostia. Pusimos nuestros teléfonos en modo avión y era el silencio. No tomamos medicamentos y era el silencio. Gracias por las respuestas, le dije. Cuando quieras, me dijo Han. Perfecto, repliqué.
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