Por qué a veces sentimos que no podemos vivir sin alguien, cuando podemos perfectamente en realidad. Sabiendo que podemos, volvemos a caer en la trampa. Las redes enmarañadas de la araña. Caemos en el pozo sin salida. En el pantano atrapado en el follaje. En la cueva oscura. En la sensación de morir cuando en realidad no está ocurriendo nada. Más que: todo terminó. Es importante, está bien. Pero hay que ver las cosas con perspectiva. Es lo que intento decirme llegado el momento. La tormenta de arena en los ojos. El sauce llorón que nos envuelve cuando nos cansamos de descansar en un terreno que se avizoraba complicado. Nos falta la respiración, y en realidad caemos en cuenta que: no. Los pulmones impecable. Respiran. Suben y bajan sorprendentemente bien. Tanto que podemos salir a caminar y hasta las flores tienen otro aroma. Que antes no habíamos percibido. Y volver a reincidir en conocer a alguien que luego hay que olvidar. Vaya fastidio. La experiencia, a la basura. El día transcurre sin contratiempos. Los pulmones respiran. La sustancia se sucede. Los pasatiempos se materializan. Lo hemos hecho antes.
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