Mi pequeña ahijada Agustina escuchó al presidente manifestar que era necesario el rearme demográfico y dijo: ese canario está muy solo. Mi madre estuvo de acuerdo, no con el presidente, sí con Agustina, y partieron a conseguir otro canario. El canario se llama Piolín, y lo persigue un gato exactamente igual a Silvestre, el de los dibujos animados, blanco con negro. Va por diferentes ventanas y lo acecha, intentando no ser visto ni atrapado. Lo vemos, por supuesto, no se esconde bien. Hay que estar dejando cerradas todas las puertas para que no entre. Piolín ha tenido suerte, todavía no se encuentra cara a cara con Silvestre. No todos pueden contar lo mismo. Agustina y mi madre llegaron con otro canario. Creo que le pusieron Piolina. El asunto es que Piolín dejó de cantar para llamar a una Piolina porque la tenía ahí, pero comenzó el rearme demográfico, inesperadamente. Ese verano, aparecieron tres huevos en el plato de los alpistes. No mucho tiempo después eran tres criaturas extrañísimas, rojas, sin plumas, enclenques, y con unos ojos negros cerrados enormes, como si estuviesen en tinta después de un golpe. Se armaron los piolines, para ir contra Silvestre, ya eran cinco. Esos tres no hacían mucho, sólo había que alimentarlos, pero avanzaban hasta que les salieron plumas del mismo color de los otros, y ya no tenían ese aspecto espeluznante. En poco tiempo eran exactamente iguales a los piolines, unos más de la tribu. ¿Suficiente? No. Ese mismo verano, otros tres huevos. Va en serio esto del rearme demográfico. Sobrevivieron dos pájaros de esos tres huevos, uno muy débil y otro fiero que lo molestaba y le sacaba las plumas. Agustina estaba feliz. De pronto había siete canarios. Lejos de Silvestre. Cantaban. Fue necesario traer un hogar nuevo porque ya no cabían todos dentro. No era suficiente. Poco después, cuatro huevos. Cuatro. Piolina decidió dejar de calentarlos con su cuerpo y los dejó a su suerte. Ahí quedaron. Huevos. Que siguieron siendo huevos para siempre. Mi mamá compró una pequeña incubadora de juguete y los puso ahí. Pero los huevos insistieron en seguir siendo huevos. El calor llegó tarde, y el de la mamá era mejor, o distinto tal vez. El rearme demográfico firme, cuatro huevos más. ¿Más? Pero qué es esto. Cuándo para. No hay más espacio. De cuatro huevos salieron tres pequeños seres diminutos y con las mismas características escalofriantes que los anteriores. Se amontonaban unos sobre otros, de manera que costaba trabajo saber cuántos eran. Mi mamá me preguntó varias veces, ¿seguro que son tres?, yo veo dos. Pero si vi tres bocas abiertas hacia arriba, mamá, son tres. De acuerdo, avísame si levantan la cabeza de nuevo. Agustina estaba fascinada a estas alturas, para navidad habían traído dos más, rojos, no amarillos, y la casa era exactamente igual a un criadero de aves, diez pájaros y cuatro jaulas porque no todos se llevaban bien con todos. Agustina dio por concluido el rearme demográfico. El problema es que sigue. No más pájaros por favor. No caben. Siguieron llegando. La casa salió finalmente volando. Nos quedamos todos afuera, y dejamos a los pájaros ahí, ocupaban todo el espacio. Eran miles. Millones. No paraban de nacer. Ayuda. Ayuda. Cincuenta y tres piolines gigantes atacando. Lo invadieron todo. Silvestre en un rincón, temeroso. Lo acogimos. No más pájaros por favor. No más rearme. Agustina, volemos, volemos, no podemos cuidar a más pájaros.
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