“Cuando me
pregunta qué pienso del futuro de la novela, contesto que me importa tres
pitos; lo único importante es el futuro del hombre, con novelas o televisores o
todavía inconcebibles tiras cómicas o perfumes significantes o significativos,
sin contar que a lo mejor uno de estos días llegan los marcianos con sus
múltiples patitas y nos enseñan formas de expresión frente a las cuales El Quijote parecerá un pterodáctilo
resfriado. Por mi parte me reservo la úlcera de estómago para cuando camino por
los suburbios de Calcuta, cuando leo un discurso de Adolf Von Thaden o de
Castelo Branco, cuando descubro, con Sartre, que un niño muerto en Vietnam
cuenta más que La Náusea. El futuro
de mis libros o de los libros ajenos me tiene perfectamente sin cuidado; tanto
ansioso atesoramiento me hace pensar en esos locos que guardan sus recortes de
uñas o de pelo; en el terreno de la literatura también hay que acabar con el
sentimiento de la propiedad privada, porque para lo único que sirve la
literatura es para ser un bien común como lo intuyó Lautréamont de la poesía, y
eso no lo decide ni lo regentea ningún autor desde su torrecita criselefantina.
Un escritor de verdad es aquel que tiende el arco a fondo mientras escribe y
después lo cuelga de un clavo y se va a tomar vino con los amigos. La flecha ya
anda por el aire, y se clavará o no se clavará en el blanco; sólo los imbéciles
pueden pretender modificar su trayectoria o correr tras ella para darle
empujoncitos suplementarios con vistas a la eternidad y a las ediciones
internacionales.”
Julio Cortázar