Hace dos años se fue mi Iaia, y yo sigo aquí, sin ella. Pero cuánto
amor, ¡cuánto! hay en mi corazón. No podría precisarlo. Pero lo siento, como un
bombo, late fuerte. Es el amor incondicional. Son tantos años de paraíso a su
lado. Incontables. Tenía ella una capacidad sobrenatural, de alargar los
minutos, de detenerlos. Reírnos, y reírnos, y el tiempo no pasaba. Simplemente
no pasaba. Los momentos se volvían elásticos, igual que ella, que todo lo sabía
y todo podía hacerlo. El tiempo vuela, le dije una vez. Depende, me dijo, si lo
estás pasando mal, pasa muy, pero muy lento. Siempre tenía el contrapunto. Con
ella las horas volaban, a pesar de parecer detenidas. Todo lo que decía era
interesante. Qué capacidad de sorprenderme.
Hoy me sucede algo hermoso, esa complicidad que tenía con mi Iaia, la
tengo hoy con mi madre, acentuada, ya que lleva ella ahora toda la energía. En
este día lleno de emociones, quisiera rendirle un pequeño homenaje, como línea
que continúa y nunca se detiene. Camino que sigue hoy en mi ahijada Agustina,
que me hace reír como no pensé que era posible. Es un pequeño universo que se
desplaza, no pensé que el mundo pudiese expandirse de esa manera, ni que cada pequeño
detalle pudiese ser observado desde puntos de vista impensados y tan graciosos.
Mamá, no tengas pena porque la Iaia partió. Mira, la Agustina y yo
estamos aquí, y todo sigue igual de bello, sólo diferente. Pienso que lo que
importa de habitar los días, y luego un día irse, es haber sembrado algo bello
en otros, sembrado algo bello en el mundo, salir del círculo de continuidad
hasta el infinito, crear una interrupción. Tú, mamá, has cambiado el mundo, ya
nada es igual. Interrumpiste la inercia con tu canto constante a la vida. Iniciaste
a quienes te rodean al calor humano, al verdadero calor humano. Tu corazón
bondadoso está lleno de gozo, y yo lo sé, porque sabes ahora que hay una cierta
justicia, aunque a veces dudemos. Una vez iniciados al calor humano, la
interrupción hace su parte. Y a un mundo, rodeado de belleza, la tuya se acopla
y ya no hay que temer de la intemperie. Porque nada, no importa cuán
amenazante, nos detiene cuando se trata de un corazón bondadoso creado a partir
de la bienvenida al calor humano. Supongo que ese calor humano es más fuerte
que cualquier vacío. Por algo seguimos aquí.
Mamá, cambiaste la faz del planeta con tu fuerza. Que la alegría esté
siempre instalada en tu corazón, como nos enseñó la Iaia, una y otra vez con su
buen humor y su cariño. Mamá, deja que las gaviotas toquen tu puerta, deja que
los pelícanos entren, la fiesta ya comienza. Todo se ha gestado como una bella
interrupción, como esa capacidad elástica del tiempo que a veces nos indica: el
calor humano está ahí, siempre disponible. Aunque algunos partan, a pesar o
gracias a cada transformación: el calor humano está ahí, siempre disponible.
El océano se vuelve aún más extenso gracias a tu presencia. Y la
fiesta ya comienza, como interrupción, como calor humano, como esperanza. Como aire
fresco, como resistencia. Como vuelo, y como fiesta. Baile, baile, baile. Hasta
renacer a algo nuevo, y volver a comenzar, con el calor humano en el alma, y en
el corazón: justicia.